martes, 20 de julio de 2010

Teodoro Boot: “El kirchnerismo es un regalo del cielo”

Esta vez Puedecolaborar entrevistó a Teodoro Boot, editor, periodista, ensayista, autor de entre otras novelas, “Pureza Étnica”, “No me digas que no”, “Para que nunca amanezca”, que seguramente provocará pensamientos en relación al momento político actual. “Voté a Solanas en más de una oportunidad pero frente a las opciones actuales, extrañaré a este gobierno si llegara a perder”. “Cuando el gobierno tiene la soga al cuello, sale por izquierda”, afirmó.


Por Gerardo Yomal

¿Qué significa políticamente el peronismo en tu historia personal?

Es como ser pelirrojo, tartamudo o psicótico. Una naturaleza o, en todo caso, un defecto, una falla de carácter.

Uno se puede teñir, pero tarde o temprano, si se disculpa una analogía tan desafortunada, los pelos terminan creciendo del color que son.

¿Cómo definirías al kirchnerismo?

No lo definiría. Es lo que hay, y gracias.

Pero si es necesario –que conste, que por cumplir con Puede colaborar y por ninguna otra cosa– acaso apelaría a las definiciones de algunos amigos míos, de la vertiente que gusta autodenominarse peronismo‑peronista, para quienes el kirchnerismo no es más que una modalidad del desarrollismo, enunciación que tiene un retintín por lo menos descalificador. Al menos viniendo de quienes viene.

Lo curioso es que esos de quienes viene eran en su momento “luderistas”, si se puede ser algo tan extravagante. Pero lo eran en el sentido de que apoyaban para la presidencia al doctor Ítalo Luder, cuyo ministro de economía muy presumiblemente, al menos según circulaba entre los entendidos, habría sido Roberto Lavagna (Como digresión, cabe dudar de la posibilidad de que Lavagna hubiera podido ser ministro de Luder: es inconcebible la coexistencia de dos borbones en un mismo gobierno).

Regresando a lo nuestro, fuera de Héctor Valle, a quien tengo en muy alto concepto, me cuesta imaginar un economista más desarrollista que Roberto Lavagna, al menos en la acepción que se le da al término cuando, me parece que muy livianamente, se califica así al kirchnerismo.

Ahora bien, si la pregunta tenía connotaciones no políticas sino metafísicas, podría decirse que el kirchnerismo fue un regalo del cielo: no debería olvidarse que las elecciones presidenciales del 2003 las ganó la derecha más extremista y oligofrénica, aun considerando a los votantes de Carrió y Rodríguez Saa como pertenecientes a la izquierda o centroizquierda. Es más: aun considerando a los votantes de Néstor Kirchner como pertenecientes a la izquierda o centroizquierda.

Menem y López Murphy sacaron, juntos, casi la mitad de los votos. Y ese es el país en el que todavía vivimos. Y sería prudente no olvidarlo.
¿Qué sería lo mejor y lo peor del kirchnerismo?

Lo mejor, que por primera vez en 30 años (¡30 años!) un gobierno volvió a pensar las cosas desde el punto de vista del interés nacional. Además, asociando el interés nacional al desarrollo industrial y el desarrollo industrial al mercado interno, y no a producir “para el mundo lo que el mundo demanda”, como pontifican (¡todavía!) Rodolfo Terragno y otros, esta vez sí, desarrollistas (dicho como para que de paso, quede un poco más aclarada la respuesta a la pregunta anterior).

Sucede además que al depositar las posibilidades de desarrollo industrial en el crecimiento del mercado interno, el gobierno debe necesariamente hacer hincapié en la capacidad adquisitiva de los trabajadores, lo que implica ocuparse de crear empleo, redistribuir el ingreso nacional y recuperar los derechos sociales. Y bastante de eso ha habido, por más que nunca nada sea suficiente.

A ver, yo adhiero a esta premisa, porque nada es nunca suficiente. Uno siempre debe pretender más, y como buen neurasténico, no estar nunca satisfecho, aunque no es lo mismo reclamar y exigir desde eso que debe ser (porque sí, porque es justo, o porque así debe ser el mundo o el país en el que se pretende vivir o simplemente porque a uno se le canta), y otra muy distinta acabar convertido en un marmota repitiendo los lugares comunes de una derecha que, súbitamente, descubrió la existencia de la miseria y la exclusión que ella misma creó. Y por marmotas no me refiero acá a gentes de la derecha sino de la autodenominada izquierda progresista, que en tren de descalificar al gobierno (de lo que están en su derecho) repiten afirmaciones indemostrables de supuestos expertos a sueldo de los intereses más retrógrados y reaccionarios (y a esto, sí, no tienen derecho).

¿Por ejemplo?

Cuando se afirma, basándose en estadísticas y cuadros de ingresos y egresos, que los trabajadores ganan más, pero que no se ha modificado la distribución del ingreso, sin tomar en cuenta el modo en que cambia la vida cuando uno pasa de vivir en el barro a tener una calle pavimentada, una casa de material, un cuarto seguro donde guardar herramientas, un colectivo cerca, y etcétera etcétera, para no mencionar todos los demás modos indirectos de redistribución del ingreso. Algunos, que hasta doña Rosa (ni que fuera la reina de Holanda) considera suertes de derechos adquiridos, como por ejemplo en los servicios donde se paga la mitad de la tarifa que le correspondería. Y esas –y otras similares que para no aburrir y no caer en lo recontra obvio no mencionaré– son, justamente, las formas más efectivas de redistribución del ingreso nacional.

En cuanto a lo malo, es demasiado lo que podría criticarse. Y me cuesta precisar que sería lo peor. ¿La alegre explotación de los recursos naturales? Dicho así, no significaría nada, apenas una expresión de buenos deseos. Y los gobiernos no pueden permitirse ser dirigidos por los buenos deseos. Pero sí haría hincapié en los recursos naturales, pero como parte de una ausencia, ahora sí, metafísica, acaso ontológica. Y es en este punto donde a uno le salen los pelos que se viene tiñendo con tanto esmero. A ver si me explico.

Va de suyo que el kirchnerismo no recibió el país en el bastante buen estado en que lo recibió Juan Perón en 1946, ni una sociedad a la vez tan simple y tan potente con la que se encontró en su momento el General, ni un mundo bipolar, en el que, para ser justos, lo sencillo era volcarse a uno de los polos, pero lo conveniente resultaba, aún en soledad, como le tocó en suerte al peronismo, emprender un camino “intermedio”, sin casarse con ninguno pero encamándose con el que en cada momento se formara mejor. Que al fin de cuentas, las naciones en serio son como las putas, independientes, egoístas, interesadas y siempre fingiendo amor, sin jamás darlo.

El país que recibió Néstor Kirchner fue muy otro, fue un país acabado. Y eso es justo, si no reconocerlo, al menos recordarlo, porque ese es el punto de partida. Y de acuerdo a ese punto de partida, uno no se puede poner muy exigente que digamos.

Sin embargo, existe una ausencia, y es la ausencia de un proyecto, de una idea de sociedad, de una batería de políticas coherentes, armónicas, coordinadas entre sí, que apunten al diseño de una sociedad diferente, en el sentido de mejor, más justa e igualitaria.

Honestamente, no creo justo negar que esa “idea” parece estar en el inconsciente del gobierno, porque es hacia ahí, es en esa dirección libertaria y justiciera, hacia donde se encamina el gobierno ante cada dificultad. Sale “para la izquierda”, hacia la locura y la irracionalidad, no hacia la cordura y la razón. Y esto es, aunque esté hablando de lo peor, lo mejor del gobierno, que surge en el marco de ese “peor”, que es el no atender a lo no rentable, a lo estratégico, a lo que podríamos llamar esencial o revolucionario, sino cuando es inevitable, cuando el agua llegó al cuello.

Y a veces conviene preguntarse por qué diablos el agua tuvo que llegar al cuello para que recién entonces se pudiera reaccionar.

Observo, claro, que la pregunta era acerca del kirchnerismo y contesté sobre el gobierno. Y quiero hacer esta diferenciación, porque a esta altura del corso, no son lo mismo. El kirchnerismo empezó a existir, tímidamente, con posterioridad al conflicto por la 125. No existía antes. De la misma manera que el peronismo, en tanto expresión cultural, movilización social, identidad individual y opción política, es posterior y no anterior al golpe de estado de 1955. Es entonces cuando se hace realmente popular; antes, era como la fiesta de los reyes magos: uno ponía los zapatitos en la puerta y recibía un aguinaldo. O la jubilación.

El kirchnerismo empieza a existir con el conflicto, en la mala, como debe ser. Y es recién ahí que para algunos empieza a parecerse al peronismo.

¿Qué posibilidades le ves en el 2011?

No puedo ver nada, obviamente. Pero me gustaría verle muchas, simplemente por terror a las opciones.

Como sea, estoy seguro de algo, de que prácticamente todos, hasta los más irreductibles opositores, lo vamos a extrañar mucho.

¿En qué sector político ves una superación del gobierno?

Lamentablemente, en ninguno. Y el adverbio viene a cuento, porque voté al kirchnerismo recién en las últimas legislativas, y en un acto de la más elemental defensa propia. Anteriormente, cada vez que pude, voté a Proyecto Sur, de pelirrojo que soy, porque me parecía que había que darle un susto al kirchnerismo, porque la política no es ni debe ser lo que los funcionarios y dirigentes kirchneristas creen que es. O es una creación popular o no es nada. Y a algunos, desde que terminamos el servicio militar, que no nos da mucho gusto que nos den órdenes o nos bajen línea. Y no de pedante que uno es, sino porque la política entendida como creación de dirigentes es estéril, es pequeña, es mezquina y finalmente reaccionaria. Y si uno es peronista es porque resulta lo más cercano, prácticamente hablando, al anarquismo.

Voté a Solanas en más de una oportunidad. Y desde aquél fatídico día en que coloqué en la urna la boleta Menem‑Duhalde que no siento que mi voto haya sido más malversado.

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