sábado, 17 de julio de 2010

La poesía es un país


El arte es imprescindible para un mundo mejor


Por Martín Broide

Ningún proyecto. El viaje era, al origen, un deseo. Un deseo de salir, de estar afuera largo, de viajar, propiamente.

Con Leandro, no teníamos un plan. Y aunque él nunca había hecho talleres, nos complementamos maravillosamente.

Empezamos en Valdocco, un centro educativo en pleno impenetrable chaqueño.

Ese comienzo signó todo el camino. Geográficamente, nos dio un punto de partida, que luego nos llevó por Orán, Tarija, Potosí, Sucre, Cochabamba y La Paz. Y nos dio la pauta de que, haciendo talleres desde la educación por el arte, podíamos no sólo conocer de otra forma los lugares y la gente, sino también asegurarnos el sustento.

Una mañana, la coordinadora de Valdocco se acercó con una idea que nosotros ya veníamos pensando: hacer un taller con un grupo de estudiantes de Resistencia, que estaban ahí de paso. No llevábamos casi nada armado. Así que la construcción fue con lo puesto: algunas fotocopias, libros del lugar, ideas que se nos iban ocurriendo y, claro, todo lo que llevamos en el cuerpo.

Tierra adentro

Nos presentamos. Luego, entrada en calor, de trabajo físico y con juegos y ejercicios provenientes del clown. Caminata libre por el espacio, con pequeñas consignas. Despertando el cuerpo, la mirada, la atención.

De ahí al suelo, recogidos, ojos cerrados. A través de las palabras, un recorrido. Empezar siendo una semilla, casi invisible. Y creciendo, de a poco, llegar a ser árbol. Los cuerpos de cada uno acompañaron. Cada uno a su manera. Cuando abrieron los ojos, los brazos eran ramas. Y entre las ramas, el aire estaba surcado por enredaderas invisibles.

Las hojas los esperaban en el suelo, y una propuesta: escribir. Escribir todo lo que venga, palabras, frases, imágenes, sueltas.

Vuelta al cuerpo. Ejercicios sencillos e intensos.

Luego, un nuevo recorrido, entre el cuerpo y la palabra, que cerró con Pachamama, de Roberta Iannamico. Yo lo había llevado en el equipaje, guardado entre el pecho y la panza, cuerpo adentro.

Con las palabras recolectadas, entonces, y otras si quisieran sumar, escribir. Robándole a Roberta el punto de partida: “presa del aburrimiento / empezó a cavar”. Y rato largo para la palabra.

Finalmente, puesta en común. Para las miradas y las voces, las historias y las confesiones, los descubrimientos y las preguntas.

Ahí nació, en los hechos, la Fábrica Itinerante de Canciones y Poemas.

Un oficio

Este taller fue, luego, uno más de los que presentamos en Profesorados, Centros Culturales, Centros de Rehabilitación, Conservatorios musicales, ONGs. A cada lugar que llegábamos, nos acercábamos a instituciones que pudieran interesarse. Armamos una hoja con las propuestas, la fuimos reformulando casi cada semana. Sumamos un seminario de literatura infantil y juvenil, integrando momentos vivenciales, propuestas conceptuales, libros escaneados y proyectados.

Fuimos rearmando, aprendiendo en el andar.

Por mi parte, y aún cuando debo mucho a mucha gente con la que trabajé este tiempo, y muchísimo, sin duda, a mi familia, al contexto en el que me crié, me siento cada vez más heredero de un lugar: el Taller de la Ventana, fundado y dirigido por Mercedes Mainero. Si el recorrido fue afirmándose cada vez más en una idea sencilla y poderosa, de propiciar la expresión creadora, si fue desde la integración de áreas, y con la certeza de que el arte es imprescindible para un mundo mejor, es porque siento que esa ventana por la que entraba a un espacio mágico, puedo, debo, y necesito, compartirla con otros.

Hoy por hoy, este estilo de trabajo es para mí un oficio que me permite encontrarme con los otros de una manera intensa, sostener algo que para mí es una militancia, y también ganarme la vida.

El viaje implicó reafirmar el oficio, íntimamente, pero también en el encuentro con los otros. Andar la red. Encontrarnos con quienes están en búsquedas parecidas, aprender juntos, saber lo que cada uno está haciendo, intercambiar ideas, miradas, maneras de estar en el mundo.

Fabiana, a su manera, es una. Chapaca, tiene cuatro o cinco años. En un taller con un grupo de jóvenes, en el que estaba de acompañante, pregunté a todos qué era, para ellos, la poesía. La mayoría habló largo, con cosas que oyeron en la escuela. Fabiana, no. Con gravedad, explicó: “la poesía es un país”.
Un país que no existe en los mapas, y por el que, sin embargo, fuimos viajando. Y al que invitamos a recorrer, para quien quiera agarrar la mochila.

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