miércoles, 30 de noviembre de 2011

PUEBLO, NACIÓN, PERONISMO, KIRCHNERISMO…


El lugar de la revuelta
Por Alejandro Boverio*
"(...)Esa unidad nacional, sin embargo, no puede ser pensada como una unidad de contenido, ya que sin lugar a dudas una homogeinización aplaza cualquier comunidad, sino que debe ser pensada como una tensión que no deja de establecer, en sus debates permanentes, una fuerza directriz que la encamina como un todo. Se trata de la emergencia de una cultura nacional de un modo semejante al que la ha concebido Héctor Agosti en Nación y cultura, en el ocaso de la década del '50. La unidad no puede concebirse, entonces, en esta nueva hora, como una identificación entre "pueblo" y "kirchnerismo". Una identificación recíproca de esos nombres, deudora del peronismo histórico y que devendría en la equivalencia entre "ser pueblo" y "ser peronista" en el peronismo revolucionario, allana el verdadero potencial emancipatorio del sujeto pueblo-nación.
En efecto, una identificación entre pueblo y nación que procede con rigor en el pensamiento gramsciano, quien definía al pueblo como el conjunto de las clases subalternas de toda forma de sociedad, implicaba una disputa al concepto de Nación en su equivalencia con la forma Estado. Ergo, la tarea política de las clases populares y de sus "intelectuales orgánicos" es la de recobrar esa identificación entre nación y pueblo, y evitar que un grupo hegemónico se apodere de su identidad. Acaso, entonces, el potencial transformador de esta época se encuentre en el restablecimiento de la fuerza pueblo-nación como el relevo final, y mientras tanto contrapeso relativo, de la fuerza Estado-nación. El gobierno pareció entrever este potencial cuando al tiempo que asumía su posición estatal de poder, incentivaba, a su vez, el lugar de la revuelta. La imagen más certera de este proceder se vio en la Cumbre de las Américas, realizada en 2005, en Mar del Plata: en el mismo momento en que sucedía la cumbre, recordamos, se organizaba un acto masivo de repudio al ALCA cuyo primer orador era Chávez.
Las celebraciones del Bicentenario que podrían ser concebidas, a primera vista, como una estetización de la política, pusieron de manifiesto, sin embargo, el momento en que el pueblo se moviliza hacia un encuentro consigo mismo. Las carrozas de aquella apuesta de vanguardia frente a las que se congregó el pueblo, carrozas que eran, a su vez, la historia de la Nación, y que lo atravesaron como un todo, no podían sino colmar esa potencia al que el verdadero arte apunta, esto es, en el decir de Paul Klee, al pueblo que falta. Si un verdadero arte apunta a un pueblo que falta, que lo constituye en el momento en que se congrega y lo convierte en arte verdadero, del mismo modo los nombres, los verdaderos nombres, no pueden confinarse ni surgir del ámbito de la teoría, es el pueblo el que los dará a luz, quien los creará y los hará verdaderos, si es que esto sucede. En ello se cifra nuestra esperanza. La teoría, al fin de cuentas, es siempre una forma de la esperanza."

*Extracto de ¿Es posible nombrar lo nuevo? Sobre los nombres de esta época que aparece en la revista El Ojo Mocho, ¿Nueva Epoca?

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