sábado, 5 de marzo de 2011

En recuerdo de Marta Merkin

DEL LIBRO "ALGUNAS MADRES TAMBIÉN SE MUEREN"


Marta Merkin: periodista, escritora, productora

Por Inés Ulanovsky, hija de Marta

Mentiritas

Tenía mucho talento para la improvisación. Si estábamos en un bar a ella le
gustaba inventar cuál era el vínculo de las personas que estaban sentadas a
las mesas de al lado. Era precisa, tiraba una historia con total seguridad. A mí
eso siempre me divertía mucho, aunque tenía la sensación de que iban a
descubrirnos. Los miraba un rato en silencio y ahí empezaba su relato, lleno de
gracia.
También tenía talento para mentir, sólo por diversión.
Me acuerdo varias veces que fuimos a ver casas, para mudarnos. Ella siempre
decía que se llamaba de otra forma, daba un teléfono inventado y decía que
yo, por ejemplo era su sobrina. Las mentiras le salían con una rapidez
increíble, por lo que era imposible no tentarse en esos momentos. Siempre
terminaba por sorprenderme, aunque estuviera preparada, porque decía cosas
absurdas con una cara de seriedad verdaderamente profesional.
Recuerdo una vez, yo tendría unos catorce años –una etapa difícil de mi vida,
todo me fastidiaba, odiaba a todos y nada me representaba–. Era sábado a la
noche y no tenía ningún plan, mi mamá me vio aburrida y me invitó a que la
acompañara a una fiesta de su trabajo. Fuimos. Ella iba y venía y yo estaba
sentada en un rincón con cara de culo de adolescente con problemas. Se
acercó y me dijo: Acompañame. La seguí. De pronto estábamos frente a Mirtha
Legrand. Yo quise escapar, pero mi mamá me agarró la mano y me puso frente
a la señora. Ella la admira mucho, Mirtha, y no se animaba a venir a saludarla,
la mira todos los mediodías, le dijo mi mamá.
Mirtha me dio un beso, me dijo gracias querida, y siguió caminando.
Yo no podía creer lo que acababa de pasar y mi mamá no podía dejar de
reírse. También me reí y ella me miró aliviada. Su mentira había ayudado a
bajar un poco mi odio planetario, por lo menos por un rato. Para eso eran sus
“intervenciones”, desestructuraban, sorprendían, divertían. Después de cada
una, me guiñaba el ojo y me sonreía, cómplice.
Otra vez, ya más grande, me acababan de echar de mi primer trabajo por tener
participación gremial. Tenía veintidós años y no sabía cómo se negociaba una
indemnización. Había hecho una cita con el jefe de personal de la empresa y
estaba un poco aterrada. No sabía si estaba bien cobrar o no. Mi mamá me
acompañó y me dijo: Si no sabés qué decir dejame a mí.
Ok, le contesté.
Cuando entramos a la oficina, el jefe de personal de esa mega empresa nos
saludó dándonos la mano. Buenas tardes, le dije. Y ella se presentó: Buenas
tardes, soy su mamá y también su abogada.
Casi me muero. Pensé que acababa de perder toda chance de cobrar un
centavo.
El señor me leyó la cifra que me correspondía y mi mamá le dijo: No, ella
quiere el doble. Y el señor preguntó: ¿Por que pide el doble? Con total
seriedad mi mamá le respondió que todos sabían que me habían echado de
forma ilegal, y que si no me daban lo que pedía íbamos a juicio.
Muy bien dijo el señor¿firma por el doble?
Sí, le dije, mientras hacía un enorme esfuerzo por no reírme de la jugada de mi
mamá, una vez más.
Salimos de la oficina y nos fuimos a festejar que todo había terminado y que
una vez más no nos habían descubierto.

Publicado por Capital Intelectual

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