jueves, 2 de diciembre de 2010

Con él mi vida cobró sentido

Por Ingrid Oxenghendler (22 años)

UN NÉSTOR, DOS NÉSTOR, MILES DE NÉSTOR/ NI SIQUIERA UN FUNDAMENTALISTA DEL PINGÜINO HUBIERA SOÑADO CON ESA DESPEDIDA/ HALLÉ MI LUGAR DE PERTENENCIA./ “EL PADRE NUESTRO ES NÉSTOR, MAMÁ ES CRISTINA”.


Me preparé para vivir un día distinto: sería censista, con todas las responsabilidades que la tarea implica sumado al bombardeo mediático previo contra el censo y los peligros de abrir la puerta a los “terroristas k”. Pero si algo trastocó no sólo esa jornada, sino también mi vida y la de muchos, la del país y de Sudamérica toda, fue que Néstor nos había dejado. Se fue así como había llegado allá en el 2003, sin aviso previo, de forma imprevista.
La primera reacción fue de incredulidad, el no entender qué era esa frase “Néstor se murió” dicha por teléfono, escuchada en una calle desierta de Paternal. Un golpe en el estómago, de esos que te dejan sin aire. Después el miedo, el sentir el fin de un ciclo de lucha y esperanza, de logros y discusiones; la sensación de vacío y de estar a la intemperie. Me costaba caminar, me costaba hablar con esas personas que no conocía, que de tan indiferentes parecían inhumanas. .Luego la angustia lo invadió todo, respiré fuerte para no quebrarme. Inútil, las lágrimas comenzaron a brotar sin poder frenarlas; siguió el abrazo con una desconocida mientras preguntaba por el material de la cubierta externa del techo.
Enajenada, terminé sin darme cuenta el recorrido, por la fuerza interna que me empujaba a ir con los míos a la Plaza. Al llegar, me sentía rara, buscaba explicaciones a lo que había pasado, y nada. Todo eran caras de desconcierto, de pena.  Pero no había silencio de funeral. Se oían  los “Néstor nos alienta desde el cielo” y “Fuerza Cristina”; cada tanto insultos contra el vice okupa. Poco a poco, la Plaza se fue poblando de militantes, de trabajadores, de chicos, de viejos, de clasemedieros, hasta conformarse una marea humana infinita.
Quién iba a imaginar que ese flaco, con pinta de desgarbado, que hacía malabares con el cetro presidencial, proveniente del lejano sur patagónico, de apellido difícil, iba a hacer todo lo que hizo. Y más aún, ni siquiera un fundamentalista del pingüino hubiera soñado con esa despedida, atravesada por un inmenso dolor y a la vez por la alegría, resultado del cambio en las vidas de tantos a partir del 2003.
En un principio, se sospechaba de él, se creía que sería más de lo mismo. Pero sin respiro, a los tumbos, empezó a disputar poder con los enemigos históricos. ¿Quiénes eran? Los represores, los organismos financieros internacionales, la Iglesia, los jueces corruptos, los empresarios cipayos, Bush y su proyecto del ALCA, las AFJP, los grupos monopólicos de medios. Y no sólo eso: restituyó derechos desde un Estado activo, propició un marco de debate político, estimuló la participación social y fue uno de los artífices de la integración latinoamericana. Ahí ya era imposible no sentar postura y definirse en términos político-ideológicos. Así fue creando un verdadero movimiento, su base social. Es por ello que su ausencia no implica un final, sino que su proyecto lo transciende.
Justamente, a medida que cada persona iba llegando se reflejaba algún o algunos hitos de su gobierno. Allí estaban los hijos de sus compañeros desaparecidos, las Madres y Abuelas; los jubilados que empezaron a cobrar mejor o inclusive que empezaron a hacerlo por primera vez; los trabajadores dignificados tras la oscuridad neoliberal; los peronistas orgullosos por vivir esta época con un presidente que los reivindica como lo hizo Perón; personas que se reconocen como no kirchneristas, pero admiten que marcó una bisagra; militantes de la juventud que recién se inician en la política porque él les abrió la puerta de entrada de la mejor manera, contagiándoles mística, entrega y pasión militante. Yo soy una de ellos, con él mi vida cobró sentido, hallé mi lugar de pertenencia.
Todos ellos se sienten protagonistas de este tiempo. Eran tantos que sorprendía a propios y extraños, su presencia tiraba por la ventana el discurso mentiroso de odio furibundo al matrimonio presidencial y del fin del kirchnerismo. Allí, en esas calles, escenarios de tantos acontecimientos en la historia de este país tan intenso, había dolor. Pero también había amor: un genuino reconocimiento a ese luchador incansable y un compromiso incondicional dirigido a Cristina. Incontables carteles, escritos con el corazón, esparcidos en el suelo entre ofrendas y flores. “Usted cerró sus ojos para abrir los de millones” o “Ser bueno es fácil, lo difícil es ser justo, como lo fue Néstor. Te vamos a extrañar”.
Por primera vez en mucho tiempo, se tiene la sensación de estar haciendo Historia. Esa reunión en la Plaza, es un eslabón más en esa cadena iniciada un 25 de mayo hace siete años, cuando nos invitó no a soñar con lo imposible, sino a entender la política como conflicto para lograr mayor igualdad, justicia social y dignidad del pueblo. Por eso se escucha a un pibe -que hasta hace unos años revolvía la basura y no tenía más horizonte que la marginalidad y la estigmatización- decir con la voz quebrada que “el padre nuestro es Néstor, mamá es Cristina”. Él y muchos otros están ahí para decir que lo van a extrañar, y mucho.
Empecé en primera persona, contando mi vivencia. Pero, con el transcurso de esos días de vigilia para despedirlo, ese sentimiento individual, inevitablemente, se fue transformando en un algo colectivo, se fue disolviendo en ese compartir con los demás. Ya  me era imposible discernir lo que me pasaba a mí de lo que nos pasaba a todos.
Queda su imagen como la de un tipo normal, en sus palabras, un hombre común en un momento extraordinario En el transcurso de estos días, escuché muchas historias y anécdotas. Me viene a la memoria una en particular, un gesto generoso de él que no se dio a conocer, que los hay de a montones. Cuando recién asumía, Néstor citó a las víctimas de la represión del 19 y 20 de diciembre del 2001. Quería hablar con ellos cara a cara, no como Presidente, sino como un reconocimiento a su lucha y para preguntarles qué necesitaban. No querían subsidios, pidieron trabajo para parar la olla. Al día siguiente los llamó uno a uno para informarles cuándo empezarían. Sin embargo, esas actitudes tan poco naturales en un presidente, incluso en alguien sin ese cargo, hablan de alguien que no fue uno más, sino un imprescindible que vivió con intensidad y comprometido con el proyecto de gobierno, con su compañera y con su país.
Se reivindica más aún al recordar su discurso en el Congreso el día de su asunción, cuando planteó que sus convicciones no las iba a dejar en la puerta de la Casa Rosada. Nos deja un país mucho mejor que el que existía cuando asumió. Nos deja cargados de energía para seguir construyendo este proyecto nacional y popular.
Retomando las primeras sensaciones, me corrijo, Néstor no se fue, vive en nosotros, ese pueblo sublevado que emergió hace ya sesenta y cinco años.

2 comentarios:

  1. nestor se nos fue y el vacio es enorme, mira si supiera que denarvaez quiere venir y zulemita tambien ??????? pobre nestor !!

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