lunes, 12 de septiembre de 2011

¡¡BASTA DE ABUSAR DE CANDELA POR TELEVISIÓN!!


Hienas buscando carroña / Libertad de mentir y una niña secuestrada / Maradona y los paparazzi: ¿quién es el sacado?

Debates: LIBERTAD DE EXPRESIÓN, DERECHO A LA INFORMACIÓN Y DERECHOS DE LOS NIÑOS
            Por Oscar Sotolano*
La libertad de expresión es un derecho democrático fundamental. ¡No a la censura!, ¡queremos decir libremente nuestras ideas!, han sido gritos contra todos los autoritarismos, voceados por millones de personas en el planeta durante más de dos siglos. Pero la posibilidad de que un ciudadano común sea escuchado no es equiparable a que un medio de prensa lo sea. Este ya es un límite a esa libertad tan deseada. Conscientes de esa diferencia es que algunos proyectos periodísticos se han nominado a sí mismos “la voz de los sin voz”. Enorme paradoja: porque esa voz de los sin voz, sigue siendo la de aquel que tiene el poder de alzarla. Es la voz del que se arroga la representación de la voz de los que no la tienen. En ese sentido, libertad de expresión, para los medios de prensa, no es lo mismo que libertad de expresión, para los ciudadanos. Los jefes de redacción o los productores de noticias podrán decidir si en sus cartas de lectores, o en sus espacios interactivos con la audiencia,  incluyen o no tal o cual opinión, porque el poder para el ejercicio de esa libertad siempre es la del medio, jamás la del ciudadano.
                                                                    

En realidad, la libertad de expresión de los ciudadanos puede estar en las antípodas de la libertad de expresión que “los medios” tanto invocan. Medios interesados en sus negocios reclamarán la libertad de expresar sus intereses, no los de la comunidad, ni su derecho fundamental a estar informada, aunque los medios invoquen hasta el hartazgo el derecho a informar. Para ellos será, incluso, el derecho a informar mentiras si eso les conviene a sus cuentas o a sus razones políticas. ¿Qué puede informar un medio que vive del aviso de grandes corporaciones de negocios de todo orden, sino aquello que, por lo menos, no ponga en riesgo dichos negocios? ¿No está tan condicionado como quien depende de la publicidad oficial? Pero si los gobiernos en sistemas llamados democráticos suelen tener, aunque sean insuficientes y muchas veces sólo formales, sistemas de control, los medios no tienen ninguno; ni precarios ni formales. Dentro del mundo de las empresas, las mediáticas son de las más libres ante cualquier control, sobre todo porque cada vez que se las intenta controlar reclaman que son víctimas de un ataque a la libertad de expresión. Ni hablar de la voluntad de informar que tienen aquellos medios que son en sí mismos una corporación de negocios. Gritarán libertad de prensa para ejercer la libertad de hacer publicidad o propaganda de acuerdo a los vaivenes de la Bolsa donde sus acciones cotizan, nunca porque les preocupe de verdad el derecho a la información de los ciudadanos. Su proclamada libertad de expresión incluye, de hecho, el reclamo sacrosanto de la libertad de mentir. Incluso de mentir sobre temas tan dolorosos como el de una niña secuestrada.
¿LOS MEDIOS MATAN?
Hoy la libertad de expresión sirve para defender entre otras cosas la industria del espectáculo de los propios medios. Si una niña es secuestrada, allí van las hienas a buscar carroña  informativa. Cuando no la encuentran la sacan de la bolsa que llevan para garantizar la verosimilitud de la escena o la improvisan con más o menos talento. No importa si para ello exponen la vida de la niña, si ponen en riesgo una operación de rescate, o dañan la imagen de cualquier ciudadano que pueda estar casualmente en su foco. La libertad de expresión del medio es más importante que cualquier derecho ciudadano. Si Maradona “se saca” porque la jauría de paparazzi están subidos a los árboles que circundan su casa, el violento es “el sacado” no el promotor de una violencia insidiosa y constante de horas o días de presión. Después dirán que como los medios han participado en la construcción de su fama eso les otorga derecho a esas intromisiones (Dirán “estamos ejerciendo nuestro derecho a trabajar”). Como si haberle dado a alguien espacio en su santuario implicase un contrato de por vida, una suerte de pacto con el diablo, para la vejación de su vida privada (y ese acto, como trabajo, no pudiera ser puesto en cuestión). Hablamos de vejaciones tan aparentemente anodinas como el poner a alguien a mirar fijamente a otro las 24 horas del día o el de dar información falsa o confusa para mantener artificialmente el interés en un relato con formato de thriller. Es que hoy, mucha de la violencia que sufrimos, viene con facha pacífica u “objetiva”. Gente correcta, atildada, mesurada nos violenta con mentiras o exponiéndonos a impotencias permanentes, con rostro imperturbable. Si reaccionamos, los violentos somos nosotros. Actúan como las jóvenes empleadas de los call center cuando nos dicen con amabilidad robótica que no pueden resolver ningún problema o que las soluciones llegarán en tiempos imprevisibles. Empleadas que a medida que nos vayan irritando con sus respuestas tan inverosímiles como “amables” irán preparando su tiro de gracia; esa respuesta tan preñada de buenas costumbres como:”Señor, por favor, no me hable mal, porque yo lo estoy tratando con respeto. No me levante la voz”, que forma parte del guión que deben repetir. Sus largos minutos eludiendo dar cualquier respuesta mínimamente coherente, no son considerados una falta de respeto al cliente, sólo lo será su reacción airada. Como el de un trabajador despedido con amable tacto de una empresa, su enojo será el condenado, no el despido. El violento es la víctima, nunca el que ejerce su pacífica y calma crueldad apoyado en su poder. En ese sentido, los medios viven violentando “respetuosamente” la subjetividad ciudadana, al punto de ir irritándola para sus propios fines. La información que producen lejos de buscar la meta de informar, busca producir un efecto psicológico elemental: movilizar emociones. Pretende promover las formas más básicas de la mente humana porque ése es campo fértil para sus manipulaciones publicitarias o propagandísticas, es decir, comerciales o políticas, o ambas a la vez.
OBEDIENCIA DEBIDA AL SENSACIONALISMO
Así, reportear a niños, que por ley deben ser resguardados, para que cuenten detalles de la vida privada de una niña secuestrada, no les mueve a muchos periodistas un solo pelo ético. Y si en algún caso lo mueve, la sombra del telegrama de despido flotará sobre sus mentes. De las acciones legales que en cuanto al acto pudieran recaer sobre el medio se ocuparán luego los abogados de la empresa contratados para tal fin. Descuentan que, de haber alguna sanción legal, ésta difícilmente supere la ganancia económica o simbólica obtenida por la empresa de noticias.
Los derechos del niño, los derechos a la información son vulnerados todo el tiempo en nombre de la libertad de expresión. De inmediato, intelectuales tilingos o canallas, periodistas o políticos de igual pedigré, estarán allí listos para hacer sus indignadas pero sesudas declaraciones cada vez que alguien denuncie sus atrocidades.
Y aunque el sustantivo pueda resultarle exagerado al lector, no resulta así para quien esto escribe. Hoy los medios no son sólo promotores de la llamada “sensación de inseguridad”, sino que son corresponsables de la inseguridad misma junto con los delincuentes y las políticas tuertas, de parches variopintos, en las que conviven policías, jueces y funcionarios. Cuando repiten un hecho atroz, lo construyen, no lo informan; lo producen en su escala al repetirlo. Así logran que todos desconfiemos de todos. En cada esquina instalan un peligro. El secuestro de una  niña cuyos motivos se ignoran hace que nuestros hijos estén en peligro en el mismo instante que la noticia se repite. No después, no como corolario del hecho, sino en el mismo momento de ponerlo en la pantalla. Eso, aun cuando nuestra hija esté sentada en su escritorio haciendo ejercicios de matemáticas a metros de nosotros. Lo atroz no estará sólo en el contenido de la información sino en su inescrupulosa manipulación. Manipulación que tendrá la libertad de expresión como bandera y escudo.
Esta dictadura retórica debe terminar. El derecho a informarse de los ciudadanos exige verdad, rigor y prudencia de quienes informan. El derecho a informarse es el derecho que le debería dar sentido a la libertad de expresión en los medios, para que no devenga una libertad abstracta. A partir de estar centrada en el público y no en los emisores, el derecho a que la intimidad y la vida de los niños no sean puestas en riesgo, podría tener más recursos para ser protegido. La libertad de expresión de una empresa de noticias no puede ir en contra del derecho a la información. Y la información, para serla, debería  excluir la mentira o la manipulación espectacularizante. Este tema se hace aun más complejo en ese el territorio tan democrático como pasible de operaciones de desinformación de toda estofa que puede ser Internet.

Psic     Analista y escritor, Vicepresidente del Comité de Seguimiento de la Convención de Derechos del niño (CASACIDN)   oscarsotolano@yahoo.com

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