martes, 30 de marzo de 2010

Por qué mando a mis hijos a la escuela pública.




Por Pablo Pineau*


Los temas educativos suben y bajan en la agenda mediática. Para sumar más discusión Puedecolaborar presenta el siguiente texto a propósito de los diferentes mundos privados y públicos.



Yo sigo mandando a mis hijos a la escuela pública por un motivo principal: es uno de los pocos lugares "públicos" que quedan. Ya las plazas se privatizaron en peloteros -¿se acuerdan que Mafalda, una nena de 8 años, iba sola a la plaza, y ahí se le aparecìa "el mundo"?- , los transportes en remises y autos particulares -cuando fui al Tigre en el verano, para dos amigos de mi hijo de once años, esa fue la primera vez que viajaban en tren-, etc. Lo "público" tiene que ver, para mí, con que conozcan e interactúen con gente distinta a su ámbito familiar. Los estudios marcan que los pibes han cerrado mucho el rango de sus experiencias, pero en la escuela pública eso se amplía. Allí van a conocer gente que piensa totalmente distinto que yo, que hace cosas que yo no haría, y que no entiende o no comparte las que yo hago. No lo digo en tono romántico, es bastante posible que mis hijos sean como yo, y de adultos hasta se mofen de esas otras prácticas de los "otros", pero al menos las conocieron; los "otros" no fueron sólo imágenes de noticieros o tema de estudio de una investigación sociológica. Son "sujetos" y no "objetos", pueden crear con ellos un "espacio común" -idea un tanto olvidada en los últimos tiempos, y absolutamente necesaria para construir sociedades justas-, pueden darse cuenta que, más allá de las diferencias, comparten con ellos la condición humana, entienden que tienen sus destinos unidos por más garitas de seguridad que pongan en las puertas de los edificios.

Todo el arte del siglo XX recrea esa sensación mágica de ir a espacios públicos a encontrarse con los distintos: el paseo "al centro" los fines de semana, los amores entre ricos y pobres, entre cultos e incultos, entre urbanos y campesinos, iniciados en tranvías, paradas de colectivos y calles peatonales, las amistades forjadas en la escuela, en la militancia o en la colimba -vade retro!!!!- que acompañan a los sujetos toda la vida, etc. En fin, el derecho -hoy muy cercenado, pregunténle si no a los desesperados por la "inseguridad" - a compartir espacios comunes con los otros en igualdad de condiciones.

Como les digo a mis alumnos futuros docentes: uno puede ir a un lugar a escuchar lo que ya sabe, y se va más convencido, o ir a un lugar a escuchar algo nuevo e irse más rico. Para mí, eso es la escuela pública, y por eso el lunes que comenzaron las clases se me piantó un lagrimón -que no escondí- cuando lo vi a mi hijo menor en guardapolvo blanco entrando a primer grado, igualado con algunos compañeros que tienen padres con lo que yo no podría hablar más de 30 segundos, o que pueden mostrarme mundos que yo ni siquiera sospecho que existen.

*Maestro y Licenciado en Ciencias de la Educación

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