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viernes, 13 de mayo de 2011

ALTAMIRA REIVINDICA A MORIA CASAN: “LE DEBERÍAN DAR EL PREMIO A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN”


Dirigente troskista afirma que  Feinmann “el bueno” es un tilingo

Por Jorge Altamira
Moria Casán tiene el doble de la estatura intelectual del Jüdenrat, José Pablo Feinmann. Fue la única que, en la campaña electoral de 1992, rompió la censura absoluta de los medios de comunicación a mi candidatura y me invitó a su programa de televisión – el único, repito, que me acogió en aquella campaña. La facultad de Periodismo de La Plata debería darle a la menemista Moria el premio a la libertad de expresión. El bloque duró 17 minutos, en el cual hablamos de los planteos del Partido Obrero, la disolución de la Unión Soviética y hasta el secuestro de dinero del Banco Central por parte del gobernador de la UCR de Río Negro, Massaccesi. Con esta temática llegué al público enorme de Moria y me pude escurrir de la censura de los medios. El debate fue más interesante que los que protagoniza 6,7,8 – que huye de los políticos marxistas o de izquierda. Las pretensiones frívolas del programa tuvieron expresión en tres observaciones finísimas de la conductora, que respondí con la ironía de un marxista y la calle de quien vivió en un conventillo sus primeros 19 años de vida, ¡donde éramos la única familia peronista! (había una radical, dos anarquistas, una del PC y una vieja que litigaba con la mía sobre la responsabilidad de los judíos en la crucifixión de Cristo). Eduardo Valdés, un K como Feinmann, me confidenció en una ocasión que empezó a tomar en serio al PO cuando me vio en el programa de Moria, porque para él era una señal de voluntad de llegar a todos lados, sin esquematismos. Lástima que Eduardo no me haya invitado nunca a sus propios programas, desde que se hizo K, de modo que él también quedó por debajo de la diva. Me voy a permitir una única expresión grosera: cuando el Jüdenrat Feinmann me objeta la entrevista con Moria, sólo demuestra que es un tilingo (en el lenguaje de Jauretche) – un pelotudo, en mi propio lenguaje.

viernes, 22 de octubre de 2010

Feinman, Doman y Ramal: como chanchos

EL PODER OFICIAL LEGITIMA A LOS MATONES / LA CGT NI SIQUIERA CON UNA ADHESIÓN / MIRTHA CON EL PO Y EL MST


Por Pablo Caruso

¿Qué tendría que ocurrir para que la tan mencionada intención de que la muerte de Mariano Ferreyra sirva de algo, cobre coherencia antes que un grado de absurdo irreparable? Tal vez entrando por las respuestas y declaraciones de las horas posteriores podamos llegar a comprender el vacío. Son las acciones de los actores y sectores involucrados, políticos todos ellos, agrupados los sub grupos, sindicatos, dirigentes, funcionarios, prensa.

Es significativa la mesa de Mirtha con dirigentes del PO y el MST. Y por vía doble: la que invita puede acusar senilidad, y una consiguiente pérdida de contacto con la realidad y las buenas costumbres. Los que aceptan no tienen otra excusa que la falta de orgullo personal y militante. Se prestan al juego perverso de la clase social que los detesta para ganar minutos de cámara que no logran construir desde la estrategia política. En el medio un muerto, ¿no? Ni hablar de los mugrosos de Feinman y Doman, que a la noche parecían amigos de toda la vida de Ramal, a cuyo hijo basurearon hasta el cansancio cuando la toma de colegios de la ciudad. A los miserables no se les puede pedir otra cosa que cinismo. A los representantes de la lucha militante, al menos dignidad. En el barrio les dirían: “Si querés, andá, pero hacelo valer, dejalo pidiendo la tanda como boxeador grogui las cuerdas. Pero nunca un ´gracias a ustedes por la invitación´”.

Los movimientos sociales dieron la mejor respuesta. Más de 60 mil obreros y estudiantes pusieron el cuerpo organizado en la calle, con la conmoción colectiva de que uno de ellos fue asesinado; con la conmoción individual de que pudo haber tocado a cualquiera. Muchos pudieron aliviar la angustia sólo después de encontrarse en la movilización, con los otros, con ellos mismos. Alzando las banderas, una vez más.

El sindicalismo tradicional evade responsabilidad. Dice Moyano que hay que cambiar el modelo sindical, generalidad que cae de obviedad con el peso muerto de un cuerpo todavía hirviendo. Y que hay que combatir el modelo de las tercerizadas. Elude el matonaje, y los señalamientos de que los popes gremiales son dueños de las empresas en cuestión. No hubo presencia de la CGT en la marcha de ayer. Ni una adhesión al menos, lo que hubiera sido todo un gesto.

Pero al mismo tiempo es difícil el equilibrio de crítica cuando todo un sector político entreguista, permisivo no hace mucho tiempo atrás con la flexibilización laboral, madre de la tercerización entre otros ardides, aprovecha la sangre para pegarle sin miramientos al movimiento obrero organizado, que va ganando protagonismos en la lucha por la distribución de la riqueza, y notables ventajas políticas frente a un empresariado sin argumentos en su angurrienta defensa de privilegios y riquezas. Es una alquimia urgente y necesaria la virtud de visibilizar las mafias organizadas del sindicalismo amarillo, sin hacerle el juego a la derecha gorda, que oficia de operadora política de un establishment nervioso y sin herramientas para la disputa que viene.

La presidenta Cristina Fernández, en representación del Estado, tuvo respuestas complejas. Dos sobresalen: “Pedían un muerto que no les dio la política, y aparecen las bandas”. Y la otra: “Prefiero el costo político de no reprimir antes que lamentar un muerto argentino”.

Respecto de la primera, la de las bandas y los muertos, hay un dato concreto en el reclutamiento de profesionales del matonaje por parte de un sector sindical que, por lo menos, es legitimado desde el poder oficial. No decimos que lo incita ni lo desea, como muchos que le adjudican al estilo discursivo hostil la violencia y la crispación del momento. Pero sí sabe que existen, sabe cómo trabajan, y saben quiénes son. Y al permitir la existencia, legitiman y avalan. Imposible desconocerlo, tan imposible como no aceptar responsabilidad.

La otra sentencia, la de la reivindicación de la no represión, no se termina de comprender. Si algo pudo haber evitado la muerte de Ferreira es la presencia preventiva de la fuerza de seguridad. Nadie con capacidad de trabajos de inteligencia podía ignorar la posibilidad de un enfrentamiento como el que ocurrió, y de hecho la policía trabajó en el lugar minutos y varios metros antes. Y de golpe desapareció, dejó de contener, posibilitó. Aquí no entra en discusión la acción represiva, que nadie quiere y todos saludamos por su inexistencia. Pero por omisión en su tarea de prevención, en este caso las fuerzas policiales mataron. Falta investigar, y la justicia otorgará responsabilidades.

El asesinato de Mariano Ferreyra es cuestión de estado, y como tal, necesita gestos y respuestas contundentes. Todos reconocen la necesidad de una autoría intelectual. O bien la sensación de impunidad permitió el “exceso” criminal, o alguien dijo “andá y tirá a matar”. Directa o indirectamente hay responsabilidad política.

De una solución de responsabilidades concretas y fuertes, nombres y apellidos de peso, pende como un hilo el costo político que deberá pagar el gobierno. También se juega la posibilidad de perseguir la fisura, operar la contradicción, militar la coherencia y profundizar un modelo de justicia social y redistribución de la dignidad.