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jueves, 5 de mayo de 2011

TODOS QUISIERAMOS SER CAMIONEROS


Reivindicación del líder de la CGT
Debates
MOROCHO

Por Irene Haimovichi*
Es morocho. Hace un tiempo pinta canas. Las canas no le aclararon la piel. Ahora es un morocho con canas. Lleva su verdad morocha como tatuaje. Esa verdad le tiñe la piel de este a oeste y de norte a sur, como si fuese un país, con esa dimensión territorial puesta en el cuerpo.
Nunca esperó que los otros le crean; pero los suyos sí, sabe que ellos no dudan de su palabra.
No dudaron antes, menos ahora.
Sabe que vive en el país de nosotros y los otros, y sabe que ese nosotros se definió desde el lugar donde lo encontró parado la vida cuando empezó a caminar. Por eso también se sabe parte del país de los que se curten la piel laborando día a día, de los que no tienen futuro ni presente asegurados; se sabe parte del país trabajador, obrero, estudiante, empleado, cartonero, campesino, de los que tienen la vida ajustada al salario, cuando hay un salario al que ajustar la vida.
Luce el brazo izquierdo todavía más oscuro que el resto del cuerpo, de llevarlo asoleándose apoyado en la ventanilla. Es  marca de fábrica. Es el brazo de recorrer caminos, de cruzar la pampa montado sobre ocho ruedas en un trasatlántico terrestre, inmenso como la inmensidad del país, amplio como el espacio que va de frontera a frontera.
Lo veo abarcativo, abrazando a los suyos y abrazándonos a todos. También le presiento la furia ¿quién no se enfurece cuando la condena  llega antes de existir causa?
Es morocho y sabe que cada día los blanquitos le miden la sangre, le toman examen, ponen a prueba su “civilidad”, le calculan el debe y el haber, Pero él se la banca, aprieta la mandíbula y se guarda la furia para otra batalla.
Este morocho es el mismo que le plantó cara al estado privatizador con más de 13 paros, le dijo NO al neoliberalismo cuando los sin patria vivaban una tras otras las privatizaciones, defendió palmo a palmo los derechos de todos los morochos y de todos los blancos amorochados del país. Fue uno entre los pocos que no se compraron al menemismo en cómodas cuotas, aunque ya nadie quiera acordarse.
Ya sé que no necesita defensa, que tiene la piel dura, que los suyos salen a pegar y patear enojados con la injusta mirada que no mide igual a morochos y blancos, que convierte en sospechoso a todo aquél que se agremia, a todo el que se asume voz de los trabajadores, los oprimidos, los descamisados diría Eva. Pero es que también escucho en los pasillos, donde susurran quienes después denostan su figura a viva voz: Ojalá tuviésemos un morocho como él defendiéndonos los derechos. Porque ¿sabés morocho? A la hora de reconocernos trabajadores todos quisiéramos ser camioneros y tener un morocho como vos para disputarle  poder a nuestros patrones.
*Artista plástica, delegada sindical del diario La Nación, militante de la Gremial de Prensa. Texto leído en el último acto de la CGT.

viernes, 22 de octubre de 2010

Feinman, Doman y Ramal: como chanchos

EL PODER OFICIAL LEGITIMA A LOS MATONES / LA CGT NI SIQUIERA CON UNA ADHESIÓN / MIRTHA CON EL PO Y EL MST


Por Pablo Caruso

¿Qué tendría que ocurrir para que la tan mencionada intención de que la muerte de Mariano Ferreyra sirva de algo, cobre coherencia antes que un grado de absurdo irreparable? Tal vez entrando por las respuestas y declaraciones de las horas posteriores podamos llegar a comprender el vacío. Son las acciones de los actores y sectores involucrados, políticos todos ellos, agrupados los sub grupos, sindicatos, dirigentes, funcionarios, prensa.

Es significativa la mesa de Mirtha con dirigentes del PO y el MST. Y por vía doble: la que invita puede acusar senilidad, y una consiguiente pérdida de contacto con la realidad y las buenas costumbres. Los que aceptan no tienen otra excusa que la falta de orgullo personal y militante. Se prestan al juego perverso de la clase social que los detesta para ganar minutos de cámara que no logran construir desde la estrategia política. En el medio un muerto, ¿no? Ni hablar de los mugrosos de Feinman y Doman, que a la noche parecían amigos de toda la vida de Ramal, a cuyo hijo basurearon hasta el cansancio cuando la toma de colegios de la ciudad. A los miserables no se les puede pedir otra cosa que cinismo. A los representantes de la lucha militante, al menos dignidad. En el barrio les dirían: “Si querés, andá, pero hacelo valer, dejalo pidiendo la tanda como boxeador grogui las cuerdas. Pero nunca un ´gracias a ustedes por la invitación´”.

Los movimientos sociales dieron la mejor respuesta. Más de 60 mil obreros y estudiantes pusieron el cuerpo organizado en la calle, con la conmoción colectiva de que uno de ellos fue asesinado; con la conmoción individual de que pudo haber tocado a cualquiera. Muchos pudieron aliviar la angustia sólo después de encontrarse en la movilización, con los otros, con ellos mismos. Alzando las banderas, una vez más.

El sindicalismo tradicional evade responsabilidad. Dice Moyano que hay que cambiar el modelo sindical, generalidad que cae de obviedad con el peso muerto de un cuerpo todavía hirviendo. Y que hay que combatir el modelo de las tercerizadas. Elude el matonaje, y los señalamientos de que los popes gremiales son dueños de las empresas en cuestión. No hubo presencia de la CGT en la marcha de ayer. Ni una adhesión al menos, lo que hubiera sido todo un gesto.

Pero al mismo tiempo es difícil el equilibrio de crítica cuando todo un sector político entreguista, permisivo no hace mucho tiempo atrás con la flexibilización laboral, madre de la tercerización entre otros ardides, aprovecha la sangre para pegarle sin miramientos al movimiento obrero organizado, que va ganando protagonismos en la lucha por la distribución de la riqueza, y notables ventajas políticas frente a un empresariado sin argumentos en su angurrienta defensa de privilegios y riquezas. Es una alquimia urgente y necesaria la virtud de visibilizar las mafias organizadas del sindicalismo amarillo, sin hacerle el juego a la derecha gorda, que oficia de operadora política de un establishment nervioso y sin herramientas para la disputa que viene.

La presidenta Cristina Fernández, en representación del Estado, tuvo respuestas complejas. Dos sobresalen: “Pedían un muerto que no les dio la política, y aparecen las bandas”. Y la otra: “Prefiero el costo político de no reprimir antes que lamentar un muerto argentino”.

Respecto de la primera, la de las bandas y los muertos, hay un dato concreto en el reclutamiento de profesionales del matonaje por parte de un sector sindical que, por lo menos, es legitimado desde el poder oficial. No decimos que lo incita ni lo desea, como muchos que le adjudican al estilo discursivo hostil la violencia y la crispación del momento. Pero sí sabe que existen, sabe cómo trabajan, y saben quiénes son. Y al permitir la existencia, legitiman y avalan. Imposible desconocerlo, tan imposible como no aceptar responsabilidad.

La otra sentencia, la de la reivindicación de la no represión, no se termina de comprender. Si algo pudo haber evitado la muerte de Ferreira es la presencia preventiva de la fuerza de seguridad. Nadie con capacidad de trabajos de inteligencia podía ignorar la posibilidad de un enfrentamiento como el que ocurrió, y de hecho la policía trabajó en el lugar minutos y varios metros antes. Y de golpe desapareció, dejó de contener, posibilitó. Aquí no entra en discusión la acción represiva, que nadie quiere y todos saludamos por su inexistencia. Pero por omisión en su tarea de prevención, en este caso las fuerzas policiales mataron. Falta investigar, y la justicia otorgará responsabilidades.

El asesinato de Mariano Ferreyra es cuestión de estado, y como tal, necesita gestos y respuestas contundentes. Todos reconocen la necesidad de una autoría intelectual. O bien la sensación de impunidad permitió el “exceso” criminal, o alguien dijo “andá y tirá a matar”. Directa o indirectamente hay responsabilidad política.

De una solución de responsabilidades concretas y fuertes, nombres y apellidos de peso, pende como un hilo el costo político que deberá pagar el gobierno. También se juega la posibilidad de perseguir la fisura, operar la contradicción, militar la coherencia y profundizar un modelo de justicia social y redistribución de la dignidad.

jueves, 21 de octubre de 2010

“Un zurdito menos”

Por Gerardo Yomal


La mujer conversaba con el colectivero del 29. Yo escuchaba de lejos pero lo central tenía que ver con el tránsito y temas sindicales. Y ahí aparece el Eduardo Feinman en boca de la señorita: “hay que colgarlos a todos, pones un paredón en la Plaza de Mayo y vas a ver cómo esto se arregla…”

Algo parecido o en la misma línea dijo el asesino o sus acompañantes cuando mataron a Mariano Ferreyra: “un zurdito menos”. El fotógrafo de Clarín Gerardo Dell’Oro estaba trabajando en el lugar de los hechos cuando la escuchó con total claridad. Para que no quedaran dudas también se escuchó “piqueteros mugrientos”.

Nuestra historia se repite, zigzaguea, sube, baja y se vuelve a repetir. Es como si estuvieramos en la década del 70 Montoneros, ERP, izquierdas varias denunciando a la burocracia sindical. Y López Rega, Isabel, Lorenzo Miguel, etc. preparando la TRIPLE A para hacer tronar el escarmiento contra “los bolches” infiltrados.

Volvimos atrás más de treinta años en un minuto. Parte de la dirigencia sindical actual tiene los mismos tics de décadas anteriores.

Sin embargo los procesos históricos de América Latina de estos años generaron cambios y diferentes posicionamientos, con varios matices incluidos.

Si hasta hace poco nomás se hablaba de la necesidad de acordar y construir una agenda común entre los dos Hugos, Moyano y Yasky.

Claro que lo que representa Pedraza no va más: por acción u omisión queda de alguna manera pegado al asesinato de Mariano.

Lo que pasó estimo que cada vez se ve más claro. Y habría elementos de sobra para lograr detener al asesino.

Jorge Lanata dijo que “estaba harto de la dictadura”.

Lamentablemente ésta aparece cada tanto dando sus coletazos, en plena democracia y no nos deja respiro: Julio López, Luciano Arruga, entre otros, y ahora con Mariano Ferreyra.

Con un gran dolor en el alma.

jueves, 3 de junio de 2010

Moyano y Yasky por “celulares para todos”

Por Gerardo Yomal


El negocio que están haciendo las empresas de telefonía celular es multimillonario, no tienen regulación estatal y la mayoría del país está siendo víctima de un servicio totalmente oligopólico.

Tarifas altísimas, engaños publicitarios, llamadas que se cortan, falta de señal… la lista sería interminable. Las quejas de los usuarios encabezan el ranking nacional en las asociaciones de consumidores.

La cuestión es que esta problemática afecta a 40 millones de argentinos, muchos de ellos pobres e indigentes, que también usan celulares porque a las empresas no les conviene poner teléfonos fijos por un tema de costos y además porque prefieren seguir ganando toneladas de dinero vía celulares.

Si el gobierno pensó, por ejemplo, en el “fútbol para todos” sería interesante también construir un escenario político y legislativo para que el Estado pueda regular el servicio de los celulares. Un servicio básico para muchos argentinos que gastan una proporción importante de sus ingresos en comunicarse, derecho básico y fundamental.

En esta temática las grandes empresas periodísticas que tienen pautas publicitarias de las telefónicas prefieren eludir este tema. El gobierno, según nuestras fuentes, tampoco estaría por el momento interesado en presionar en este negocio que mueve intereses fabulosos. Por eso creo que sería bueno y oportuno que “los dos Hugos”, me refiero a Moyano de la CGT y Yasky de la CTA tomen cartas en el asunto. En principio, puede sonar raro que el sindicalismo se ocupe de los celulares. Sin embargo creo que podrían lograr una gran adhesión teniendo en cuenta la masividad del teléfono celular y una simpatía generalizada frente a un servicio básico donde diferentes poderes miran para otro lado.

¿Cómo te suena que “los dos Hugos” se pronuncien por la regulación estatal de este servicio, reclamen controles, tarifas planas, celulares para todos, a buen precio y con control estatal?