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domingo, 22 de julio de 2012

Luz amarilla al kirchnerismo



Por Daniel Freidemberg

Ni a la realidad del país la define Tecnópolis ni los efectos de la crisis europea alcanzan a explicar todos los problemas, ni pocos ni leves, que, precisamente porque se avanzó mucho, aparecen cada vez más a la vista y cada vez más ineludibles. Cansado de tanto optimismo y tanta autocelebración (ejemplo: http://tiempo.infonews.com/2012/07/22/editorial-81702-la-oposicion-envejece.php), o más bien preocupado al entrever el despeñadero hacia el que el optimismo y la autocelebración pueden llevar lo que se logró en estos años, me alegra encontrar en esta nota de Anguita −http://www.infonews.com/2012/07/22/politica-30667-la-estatura-de-los-desafios.php− esa lucidez con que percibe la dura persistencia de profundas debilidades básicas que no sé si hay posibilidades reales de resolver o, más bien, real intención de poner ahí las manos en la masa. ¿Habrá alguna capacidad de recepción de pensamientos como el de Anguita, ahí, entre los que van de acto en acto, de inauguración en inauguración y de 678 a CN23?

jueves, 7 de junio de 2012

“Cristina es dueña de la mitad de la Patagonia”


Atención a los rumores, la antipolítica y “Doña Rosa”
Por Daniel Freidemberg
 “Da ganas de romper todo”. Con estas palabras subrayó su perorata en la frutería una madura señora de barrio (Balvanera, nada que ver con Barrio Norte, Belgrano o cualquiera de los Palermos), luego de manifestar el furor que le produjo haberla visto a “ella”  hablando “como si todo estuviera bien”. No dijo si fue la creación del Ministerio del Interior y Transporte lo que la sacó, o la decisión de pasar su plazo fijo en dólares a pesos que anunció CFK, ni importa. Importa, como notables perlas discursivas, las frases que iba largando al aire saturado de verduras, frutas, vendedores y clientes: “es dueña de la mitad de la Patagonia”, “Macri por lo menos hace”, “Macri no necesita robar porque ya tiene plata”, “El problema es que no existe oposición”, “Está bien que Macri aumente el ABL porque necesita esa plata para gobernar”. Nadie la retrucó (ni se la veía dispuesta a dar posibilidad alguna de hacerlo) y un coro de murmullos más bien monosilábicos tendió a reafirmar el sentido de la descarga.
Comentando la anécdota, me recordaba Raúl Artola que, según Andrés Rascovsky, de la Asociación Psicoanalítica Argentina, tendemos a olvidar que una de las pasiones más fuertes de los seres humanos es la ignorancia. Ergo, que la negación de los hechos evidentes puede defenderse con la misma convicción que una realidad tangible y demostrable. Quizá con más convicción, se me ocurre, por la fuerza pasional que hay que poner en juego y el compromiso personal que requiere defender intereses que, lejos de ser los propios, apuntan contra las propias perspectivas de bienestar.
Como sea, Edgardo Mocca viene alertando que, sin alternativa política para ofrecer, la tarea a la que está abocado el bloque del poder desde hace un tiempo, y con todo, es crear malhumor, enrarecer la atmósfera, desestabilizar por el lado de un miedo y una inquietud difusos, que quizá encuentren en rumores más bien absurdos pero suficientemente vistosos la oportunidad de concretarse. La antipolítica, sustituir las cuestiones personales por enfoques más propios de chismorreo de consorcio (la ropa que usa alguien, lo que puede tener de soberbio o vanidoso su personalidad, su patrimonio personal), combinada con el otro factor del cualunquismo: “se meten conmigo”, “no me dejan en paz”. Instaurar la crispación como espacio central desde el cual ver y pensar la cosa (¿quiénes son, al fin y al cabo, los verdaderos crispados, los que realmente instalan crispación con cada palabra que lanzan?). Lo están logrando. Bastó un cierto grado de injustificable torpeza a la hora de explicar una medida tan antipática como la restricción a la venta de dólares y la emergencia de un comunicador con mejor olfato y menos escrúpulos, y con un lenguaje y un estilo más a tono con la nueva coyuntura, para abrir una compuerta que no se cierra fácil. Por suerte, está en lo cierto la enardecida vecina al señalar que la oposición está lejos de poder configurar algo tangible, así que hay todavía un buen margen, pero más vale no sobreestimar las propias fuerzas, ni, menos, confiar en la incapacidad de los otros, porque los climas de malhumor o crispación no son fáciles de disipar ni puede hacérselo de cualquier modo. Menos aun subestimar el poder de eso que Artola o Rascovsky llaman “ignorancia” y a lo que prefiero darle otro nombre, “estupidez”, peligroso como pocos, entre otras cosas porque optar por la estupidez exige mucho menos trabajo a los cerebros poco afectos a salir de la comodidad y el goce de la autocomplacencia.

domingo, 7 de agosto de 2011

De destituir a destruir: la oposición desesperada

BORRAR A ZAFFARONI Y DEMOLER A MADRES Y ABUELAS

 
DESTRUIR, MIENTRAS NO SE PUEDA OTRA COSA

Por Daniel Freidemberg

Ya no es “destituyente” la palabra. No es “destituir” el verbo que corresponde a esta etapa: es “destruir”. Deshacer, desdibujar, aplanar, borrar, reducir todo a la insignificancia y generalizar eso, la insignificancia, el todo da lo mismo, el nada importa ni vale. A lo que el bloque de poder apunta en estos días es a destruir, no a ganar. No van a ganar, quienes deciden ahí, en el bloque de poder, lo saben, y el objetivo, entonces, mientras no se pueda otra cosa, es destruir. Todo lo que se pueda: Zaffaroni, las Madres, las Abuelas, el entusiasmo de la juventud, Carta Abierta, la Biblioteca Nacional, Horacio González, La Cámpora, la viudez de la Presidenta, el recuerdo de Néstor Kirchner. Nada está exento de quedar inmerso en los ácidos de la degradación destructiva que va extendiéndose en busca que un acotado y mediocre horizonte quede instalado, uniforme e indiferente, a la vista de los que ya no tienen nada que esperar de nada ni ven que nada les puede despertar algún tipo de interés o entusiasmo, como no sean los que ya les tienen dispuesto, a todo color y con el mayor ruido posible, los programadores del instantáneo y rápidamente olvidable estupefaciente mediático.






No es que no puedan ganar nada, en realidad, pero lo que sí el bloque de poder parece saber es que algo sí le esta vedado, y que eso, lo que no puede ganar, es, precisamente, lo que más necesita: el manejo del gobierno nacional, el de los instrumentos que les permitiría tirar abajo la Ley de Servicios Audiovisuales, entre otras cosas, o instaurar una política “abierta a las inversiones” y restrictiva del “despilfarro”, que deje de restar ganancias a los que ganan más que nadie y retraiga la economía a una “normalidad” como la que disfrutan o padecen los pueblos de Europa y Estados Unidos. Ese resorte, esta vez, va a volver a escapárseles de las manos, según parece, pero algo, entretanto, pueden hacer: mover insistentemente las piezas que permitan ir arrinconando en la soledad a quienes siguen llevando adelante la experiencia iniciada en mayo de 2003, como maniáticos que se empeñan en un juego ingenuo o soberbio mientras las mayorías reales o supuestas, eso que se llama “la gente”, están en otra cosa. En lo suyo, en la nada, obsesionados por llegar primero que nadie a ninguna parte. Destruir la imagen del juez más prestigioso de la Argentina, demoler hasta la abyección cualquier posibilidad de tener como referencia a las Madres o las abuelas, considerar digno de befa todo lo que puedan decir algunos pensadores si es que intentan remover de algún modo las conciencias y llamar a la reflexión. Sembrar desconfianza sobre las razones por las cuales muchos de quienes integran una nueva generación prefieren entusiasmarse con la política antes que con la birra en la esquina, las bengalas asesinas o los excitantes químicos bajo los aturdidores juegos de luces y sonidos. No dejar nada en pie en los imaginarios, en la posibilidad de esperanza, en la capacidad de alegría y de apuesta a futuro. Ningún símbolo, porque el peligro de los símbolos es precisamente que hacen lo que les corresponde: simbolizan, llevan a la imaginación más allá, tocan ciertos resortes en las almas. En su lugar, despolitización, pavadas, guerra de todos contra todo, cinismo escéptico e individualista al mango.






Lejos, muy lejos de los triunfalistas, los que quieren vivir embriagados de ilusiones o los que entran en éxtasis al recitar la palabra “utopía”, el escepticismo suele tener un alto valor para mí. Si es que el escepticismo sirve como terreno desde el cual se puede mirar con los ojos bien abiertos la realidad, sin coartadas ni atenuantes, dudar de todo, interrogarse, no conformarse con nada en busca de respuestas que siempre serán transitorias porque el enigma de la vida real nunca termina de revelarse a quien busca en el mundo algo más consistente que la paz de la inercia o el consuelo. Pero el escepticismo puede también ser otra cosa: goce autosatisfactorio, lugar en el que apoltronarse o empantanarse para disfrutar un desdén hacia todo lo que pueda inquietar el ánimo. Un “me cago en todo”, un “a mí que me importa”, un “sálvese quien pueda”. Durante un interminable par de décadas, a lo largo de los años ochenta y los noventa, funcionó, hasta que los propios movimientos de la realidad tiraron la escenografía abajo y hubo que empezar a pensar de nuevo las cosas. Surgieron ahí, o en algunos casos empezaron a retornar, símbolos. Objetos de valoración, señales de que en algunas cosas, algunos nombres, ciertas palabras o emblemas, laten indicios de una vida más rica, menos sola, más dispuesta a abrirse camino en busca de horizontes más habitables y compartibles. El error, quizá, o el apresuramiento, fue suponer que se trataba de un fenómeno generalizado e indetenible: Macri y Del Sel son las muestras, y no las únicas, de que aquello que durante los años neoliberales impregnó nuestras subjetividades está lejos de haberse borrado del gran cuadro de la subjetividad de los argentinos. No tendría por qué ser de otro modo, a decir verdad: las culturas no cambian tan rápido ni los espíritus se amoldan tan fácilmente a los cambios de condiciones, más aun cuando los cambios de condiciones les exigen esfuerzos que atentan contra ciertas seguridades y garantías de confort, como las que brindan la indiferencia hacia los otros o la pereza intelectual. Lo extraordinario, lo casi milagroso, fue que, aun así, empezaron a surgir símbolos, o, en otras palabras, motivos de confianza o fe, vislumbres de un panorama menos restringido y más promisorio. Y que no pocos fueron encontrando ahí razones para interesarse y orientar en el sentido que se iba abriendo ante sus ojos sus vidas. Eso es lo que hay que destruir, hacia ahí apuntan, ya que no pueden ganar por ahora: Zaffaroni hoy, las Madres ayer, mañana encontrarán otro objeto de destrucción, la máquina aniquiladora no está dispuesta a darse tregua ni reconoce límites.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El enigma del poeta Néstor

Por Daniel Freidemberg

PENSAR LO IMPENSADO/PROVOCAR EL FUTURO/SIN BARANDAS NI CINTURONES/NINGUNA FACILIDAD INTELECTUAL

 Foto de  Natacha Pisarenko

Kirchner, lo abierto: una poética.

Todo está abierto a partir de la muerte de Néstor Kirchner en la Argentina, pero hay diferentes modos en los que un “todo” puede quedar abierto. No es a la gozosamente preocupada manera en que lo anuncian los consabidos editorialistas y opineitors del sentido común interesado, que asistimos a la inesperada apertura de un nuevo horizonte argentino: está abierto a la manera de Néstor Kirchner. Hay un enigma bullente, palpitante, ruidoso, una emergencia imposible de encuadrar, y ese enigma convoca, aunque no se sepa bien qué es, y entre otras cosas convoca porque no se sabe, porque lo que se puede saber tiene el resplandor del preanuncio de un “mucho más” por lograr, y porque también entre lo que se sabe está la evidencia, poderosa, de una pasión que empuja hacia la acción que haga de su propio despliegue la respuesta, inédita seguramente. Si es cierto que, como se ha dicho, a la muerte del hombre sucedió el nacimiento del mito, la figura que sostiene ese mito habla ante todo de desafío, es un llamado a pensar lo impensado, o ir haciéndolo. Lo impensable, incluso, según los modos asentados del pensar.
Aunque “futuro” era una palabra que no estuvo mucho en su vocabulario, Kirchner fue un provocador de futuro, o de la pregunta por el futuro. Provocaba futuro sin presagiar mucho (“tenemos que salir del infierno”, apenas, o “un país normal”) porque lo que solía hacer no entraba en las previsiones ni se amoldaba a lo que había existido hasta ahí. Produjo realidades, situaciones, que no en todos los casos tienen plenamente nombre y siguen abiertas. La última, la produjo con su última gran jugada política, imprevista hasta para él mismo: su muerte. Hablo de lo que hemos vivido, de lo que se lanzó a vivir y se mostró viviente, entre el 27 y el 29 de octubre.
De los poetas, o de algunos de los mejores poetas, suele decirse que “no saben lo que dicen”, o que “no tienen nada que decir”. Lo ya dicho, lo que ya tiene significado y entra completo en la comprensión, para quienes ingresan a ciertas zonas del trabajo poético, no alcanza, es un estorbo, una estridente mudez obnubiladora y paralizadora: tarea de poeta es ver cómo dar palabra a aquello que no la tiene, ver modos de decir lo que no tiene cómo ser dicho y lo reclama, encontrar las palabras o los silencios o los reveses de las palabras o sus fisuras que rompan la insignificancia del “todo está claro: hasta acá llegamos, para qué más”. Se parecía un poco a esos poetas Néstor Kirchner cuando se lanzaba, con insuficientes palabras, a hurgar posibilidades donde no estaban claras las cosas o no parecían estarlo, a avanzar en la tiniebla de lo imprevisible o inadmisible, sin cinturones protectores ni barandas ni garantía de triunfo, no sin torpezas o riesgo de caer en el ridículo, pero de algún modo sabiendo –como suelen intuirlo los mejores poetas– que eso, al parecer insensato, es lo que corresponde hacer, que no hacerlo es seguir girando en torno de “lo que ya se sabe” y que cuando el sentido de una política, como el de las palabras, está completo, esa política ya tiene poco que decir.
Como el 17 de octubre del 45, cuya dimensión pudo admitirse bastante después, y más a través de lo que suscitó que de las explicaciones, o como diciembre de 2001, cuyo sentido no alcanzamos todavía a asir, no era previsible ni entraba en los cálculos de nadie la realidad que fundaron, en Plaza de Mayo, en las calles o en el Salón de los Patriotas, las multitudes arrojadas, a la manera de Néstor Kirchner, a proponer con la puesta del cuerpo un destino. Fuera de cualquier plan, hay en esa irrupción un plan tácito, necesario, colectivo, cuya lectura nadie tiene derecho a agotar. Sea lo que fuere, es en gran medida algo que no existía, o existía como potencia oscuramente a la espera de concreción, y es una novedad jubilosa.
Estamos viviendo una Argentina muy distinta a la de unas horas antes del atardecer del 27 de octubre, así como el 25 de mayo de 2003 la Argentina empezó, inusitadamente, a ser muy otra. No es pura teoría ni es pintar la realidad con los colores del deseo propio: la hemos visto, la vemos, pero nadie podría decir cómo es. No es con las palabras que sirvieron en otras ocasiones que lo podremos decir (al menos no con todas ni preservando intacto su aquerenciado sentido), ni lo podremos decir solamente con palabras. Un poco a tientas y buscando modos de hacer pie firme en el barro, como siempre ha ocurrido con los grandes movimientos populares, se irá diciendo a sí misma, para abrir entonces otros, inconcebibles, rumbos de avance: el enigma, ante nuestros ojos, convoca, concreto, vivo y material, y a lo que ante todo convoca es a ningún desentendimiento, ninguna facilidad intelectual o ética, ninguna quietud.

jueves, 10 de junio de 2010

Luche y vuelve Novaresio*

Por Daniel Freidemberg

“Pluralidad dirigida”

El concepto lo acuñó un integrante del equipo de Mariano Grondona, tratando de replicar la afirmación de que con la Ley de Medios va a ser posible que haya alguna pluralidad en las comunicaciones en la Argentina, que Esther Goris lanzó ante el sorprendido elenco estable del programa: “¿pero no va a ser una pluralidad dirigida?. En el apuro para salir del paso, se deschavó el hombre y emergió la verdad, su verdad, lo que se sabe y habitualmente se calla. Pluralidad dirigida es lo que siempre hizo y hace Grondona cuando se muestra “plural”, y qué pluralidad sino una escrupulosamente dirigida es la que practican los medios cuyos propietarios, voceros y empleados estelares viven alarmándose ante la amenaza de la Ley. “La sencilla verdad es que un pluralismo que no sea dirigido no existe, ni podría existir”, habría que responderles, si se entiende que ningún medio, pertenezca a quien pertenezca, y aun en los mejores casos, está exento de intereses ni admite neutralidad que no sea relativa. De lo que se trata es de establecer condiciones objetivas –legales, materiales– que permitan atenuar, contrarrestar y relativizar el efecto de las acciones tendientes a manejar la pluralidad o “dirigirla”: eso es lo que se viene, si al fin se consigue su vigencia, cuando la nueva ley empiece a aplicarse.

*Acá el video Esther Goris vs. Grondona