Mostrando entradas con la etiqueta Raúl Zaffaroni. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Raúl Zaffaroni. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de agosto de 2011

De destituir a destruir: la oposición desesperada

BORRAR A ZAFFARONI Y DEMOLER A MADRES Y ABUELAS

 
DESTRUIR, MIENTRAS NO SE PUEDA OTRA COSA

Por Daniel Freidemberg

Ya no es “destituyente” la palabra. No es “destituir” el verbo que corresponde a esta etapa: es “destruir”. Deshacer, desdibujar, aplanar, borrar, reducir todo a la insignificancia y generalizar eso, la insignificancia, el todo da lo mismo, el nada importa ni vale. A lo que el bloque de poder apunta en estos días es a destruir, no a ganar. No van a ganar, quienes deciden ahí, en el bloque de poder, lo saben, y el objetivo, entonces, mientras no se pueda otra cosa, es destruir. Todo lo que se pueda: Zaffaroni, las Madres, las Abuelas, el entusiasmo de la juventud, Carta Abierta, la Biblioteca Nacional, Horacio González, La Cámpora, la viudez de la Presidenta, el recuerdo de Néstor Kirchner. Nada está exento de quedar inmerso en los ácidos de la degradación destructiva que va extendiéndose en busca que un acotado y mediocre horizonte quede instalado, uniforme e indiferente, a la vista de los que ya no tienen nada que esperar de nada ni ven que nada les puede despertar algún tipo de interés o entusiasmo, como no sean los que ya les tienen dispuesto, a todo color y con el mayor ruido posible, los programadores del instantáneo y rápidamente olvidable estupefaciente mediático.






No es que no puedan ganar nada, en realidad, pero lo que sí el bloque de poder parece saber es que algo sí le esta vedado, y que eso, lo que no puede ganar, es, precisamente, lo que más necesita: el manejo del gobierno nacional, el de los instrumentos que les permitiría tirar abajo la Ley de Servicios Audiovisuales, entre otras cosas, o instaurar una política “abierta a las inversiones” y restrictiva del “despilfarro”, que deje de restar ganancias a los que ganan más que nadie y retraiga la economía a una “normalidad” como la que disfrutan o padecen los pueblos de Europa y Estados Unidos. Ese resorte, esta vez, va a volver a escapárseles de las manos, según parece, pero algo, entretanto, pueden hacer: mover insistentemente las piezas que permitan ir arrinconando en la soledad a quienes siguen llevando adelante la experiencia iniciada en mayo de 2003, como maniáticos que se empeñan en un juego ingenuo o soberbio mientras las mayorías reales o supuestas, eso que se llama “la gente”, están en otra cosa. En lo suyo, en la nada, obsesionados por llegar primero que nadie a ninguna parte. Destruir la imagen del juez más prestigioso de la Argentina, demoler hasta la abyección cualquier posibilidad de tener como referencia a las Madres o las abuelas, considerar digno de befa todo lo que puedan decir algunos pensadores si es que intentan remover de algún modo las conciencias y llamar a la reflexión. Sembrar desconfianza sobre las razones por las cuales muchos de quienes integran una nueva generación prefieren entusiasmarse con la política antes que con la birra en la esquina, las bengalas asesinas o los excitantes químicos bajo los aturdidores juegos de luces y sonidos. No dejar nada en pie en los imaginarios, en la posibilidad de esperanza, en la capacidad de alegría y de apuesta a futuro. Ningún símbolo, porque el peligro de los símbolos es precisamente que hacen lo que les corresponde: simbolizan, llevan a la imaginación más allá, tocan ciertos resortes en las almas. En su lugar, despolitización, pavadas, guerra de todos contra todo, cinismo escéptico e individualista al mango.






Lejos, muy lejos de los triunfalistas, los que quieren vivir embriagados de ilusiones o los que entran en éxtasis al recitar la palabra “utopía”, el escepticismo suele tener un alto valor para mí. Si es que el escepticismo sirve como terreno desde el cual se puede mirar con los ojos bien abiertos la realidad, sin coartadas ni atenuantes, dudar de todo, interrogarse, no conformarse con nada en busca de respuestas que siempre serán transitorias porque el enigma de la vida real nunca termina de revelarse a quien busca en el mundo algo más consistente que la paz de la inercia o el consuelo. Pero el escepticismo puede también ser otra cosa: goce autosatisfactorio, lugar en el que apoltronarse o empantanarse para disfrutar un desdén hacia todo lo que pueda inquietar el ánimo. Un “me cago en todo”, un “a mí que me importa”, un “sálvese quien pueda”. Durante un interminable par de décadas, a lo largo de los años ochenta y los noventa, funcionó, hasta que los propios movimientos de la realidad tiraron la escenografía abajo y hubo que empezar a pensar de nuevo las cosas. Surgieron ahí, o en algunos casos empezaron a retornar, símbolos. Objetos de valoración, señales de que en algunas cosas, algunos nombres, ciertas palabras o emblemas, laten indicios de una vida más rica, menos sola, más dispuesta a abrirse camino en busca de horizontes más habitables y compartibles. El error, quizá, o el apresuramiento, fue suponer que se trataba de un fenómeno generalizado e indetenible: Macri y Del Sel son las muestras, y no las únicas, de que aquello que durante los años neoliberales impregnó nuestras subjetividades está lejos de haberse borrado del gran cuadro de la subjetividad de los argentinos. No tendría por qué ser de otro modo, a decir verdad: las culturas no cambian tan rápido ni los espíritus se amoldan tan fácilmente a los cambios de condiciones, más aun cuando los cambios de condiciones les exigen esfuerzos que atentan contra ciertas seguridades y garantías de confort, como las que brindan la indiferencia hacia los otros o la pereza intelectual. Lo extraordinario, lo casi milagroso, fue que, aun así, empezaron a surgir símbolos, o, en otras palabras, motivos de confianza o fe, vislumbres de un panorama menos restringido y más promisorio. Y que no pocos fueron encontrando ahí razones para interesarse y orientar en el sentido que se iba abriendo ante sus ojos sus vidas. Eso es lo que hay que destruir, hacia ahí apuntan, ya que no pueden ganar por ahora: Zaffaroni hoy, las Madres ayer, mañana encontrarán otro objeto de destrucción, la máquina aniquiladora no está dispuesta a darse tregua ni reconoce límites.

jueves, 1 de julio de 2010

¿Cuán fachista es nuestra sociedad?

A los “pibes chorros”, ni justicia

Por Gerardo Yomal

En Bariloche, como ya publicamos en este medio, se movilizaron por la avenida principal Mitre cientos de personas que en vez de repudiar el gatillo fácil de la policía, salieron a reivindicarla con consignas al estilo de “policía querido, el pueblo está contigo”, “poli sí, chorro no…” Lo que les importaba era “su seguridad” y no la de aquellos sectores más pobres del Alto Bariloche.

La realidad nacional, desde hace muchos años y en ese sentido hay que seguir de cerca las denuncias de la CORREPI, Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional, está plagada de casos de “gatillo fácil” donde en general son los más jóvenes y pobres lo que lo sufren. Se denuncia que se está aplicando una pena de muerte extrajudicial en los hechos.

Es posible que si una encuesta televisiva preguntara a determinadas personas sobre la pena de muerte, éstas la terminen rechazando. Otro gallo cantaría si se hiciera un plebiscito consultando sobre su aplicación. Estimo que muchos en el cuarto oscuro votarían a favor. Un doble Standard: por un lado defender la santidad de la vida pero por otro saldría del inconciente la premisa lopezreguista de que “el mejor enemigo es el que está muerto…”

El autoritarismo y los métodos fachistas siguen anidando en parte de nuestra población.

A modo de ejemplo la escritora Alicia Dujovne Ortiz relataba algunos dichos cotidianos: “un vecino mío que hablaba de cortar en rebanadas a los «negros», delincuentes o un taxista que proponía, en el tono más razonable y contemporizador del mundo, coserles las trompas a las mujeres de las villas para que no se siguieran reproduciendo".

Claro que lo peor de nuestra sociedad no está sólo en los sectores de derecha sino que también abarca a otros de izquierda. Recuerdo una tapa del periódico del Partido Obrero donde se reivindicaba “el apriete” (en buen criollo tortura) a los militares. La idea tenía que ver con cómo presionarlos para que deschaven archivos de la época de la dictadura. Cuando se le recuerda ese texto a Altamira, se molesta.

En nuestro programa El Tren cuando tratamos los asesinatos de Bariloche hubo dos mensajes que se complementaron: uno venía de una mujer de izquierda que decía que había que “matar a policías y militares de chiquitos…” y otra de derecha “que nos anunciaba que cuando nos tocase en carne propia un hecho de inseguridad ya no tendríamos contemplaciones con los pibes chorros…”

La historia argentina está plagada de hechos violentos, autoritarios, salvajes, y una parte de nuestra sociedad o mira para otro lado o aplaude por lo bajo cuando se aplica el gatillo fácil a los supuestos “pibes chorros”.

Raúl Zaffaroni, integrante de la Corte Suprema afirmó: “estoy seguro de que no se va a reimplantar la pena de muerte en la Argentina, pero, si no cambia el sistema, van a morir muchas personas en seudo enfrentamientos con la policía…”