El 22 de mayo de 1999, Atlanta perdió 5 a 0 contra Quilmes y bajó a la B metropolitana. Al otro día, yo cumplía años y entre los 3 deseos pedí volver al Nacional y después volver al lugar que, según la historia, nos corresponde: la A. En otro deseo tendría que haber pedido que los deseos no tarden tanto en cumplirse. Recién ahora llegamos a la primera parada. Y llegamos con los ojos repletos de fútbol por un equipo que tocó y atacó, con la garganta roja de gritar tantos goles y con el corazón feliz porque, además de la alegría, se huele algo importante en Villa Crespo. Hay equipo, hay dirigentes, hay proyecto y hay hinchas: los de siempre, los que volvieron y los nuevos. Hay cuatro generaciones. Los viejos, que vieron como los grandes se iban derrotados de Villa Crespo y como Atlanta era cantera del fútbol argentino. Los adultos, que en el 73 llenaron dos bandejas de la bombonera. Los adultos jóvenes, que apenas recordamos un mísero año en primera, en el 84, y los chicos, con más esperanza que gloria en sus espaldas. Estamos felices, Los Bohemios. No es para menos. Tuvimos sede y cancha cerradas, quebramos, descendimos y ahora, acá estamos: campeones. Ser hincha de Atlanta me enseñó mucho en la vida. Me enseñó que siempre se puede estar peor. Como en una sesión de terapia, me sirvió para conocerme. La cancha de Atlanta es un lugar en el que siempre me gusta estar. Ya me quedó claro. No hay planteo racional que pueda contra mí. Aprendí también que los deseos a veces se cumplen. Es algo que voy a tener presente para mi próximo cumpleaños.
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