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miércoles, 24 de agosto de 2011
LA TRAMPA DE MAJUL Y DEMÁS PASTORES POLÍTICOS Y PERIODISTICOS
jueves, 11 de agosto de 2011
DAVID CAMERON: ¿CONSERVADOR O “BOBO”?
LOS VÁNDALOS DE LA OPULENCIA NO USAN NI BUZOS NI CAPUCHAS/
LA MIOPÍA DEL PODER/
INGLATERRA: HOY COMO HACE SIETE SIGLOS
Por Marcos Doño
La inmediatez casi boba a la que nos tienen acostumbrados la mayoría de los noticiarios de la televisión de aire y algunos programas políticos de cable que se dicen serios, jamás nos deja lugar para el análisis de los acontecimientos sociales, más allá de lo estrictamente reciente.
Para engordar esta debacle intelectual, se suman aquellos dirigentes políticos portadores de orejeras ideológico-culturales que terminan por acotar al mundo a un plano unidimensional.
Guillotinada, la historia resulta en un cuerpo muerto cuya mudez nada puede decir ni dar referencia de hechos de un pasado que, sin duda, nos ayudaría a entender nuestro presente social, acaso con sólo hojear algún buen libro académico.
En este sentido, la descripción que se viene haciendo de la rebelión desatada por estos días en Londres, ahora extendida a todo el territorio británico, es una muestra cabal de no saber ni querer hurgar en la historia para tratar de comprender los sucesos de este presente.
Vayamos, entonces, en ayuda de la historia y tratemos, inmersos en uno de sus relatos, de entender, aunque brevemente, las causas de la violencia y la frustración que hoy emergen desolando las calles de Londres y otras ciudades.
BAJA EDAD MEDIA
Estamos en la Inglaterra de finales del siglo XIV, lo que se conoce correctamente como Baja Edad Media. Más precisamente en el año 1381, cuando estalló la Rebelión de Wat Tyler, también conocida como Gran levantamiento de 1381 o Revuelta de los campesinos.
Nos referimos a una serie de insurrecciones populares lideradas, entre otros, por John Ball y Wat Tyler, que terminaron por constituirse en determinante de la estructura social, económica y jurídica de Inglaterra. Y aquí viene el dato que nos ayudará a entender cómo algunas medidas tomadas por el poder político suelen determinar situaciones similares, aunque distantes en el tiempo.
El sismo social al que hago referencia fue en esencia una rebelión antifiscal, que ante la miopía del poder derivó en la insurrección más extrema y extendida territorialmente de la historia de Inglaterra. Es verdad que alguien que conozca estos acontecimientos podrá decir, no sin acierto, que el levantamiento campesino terminó finalmente en un fracaso. Ello es verdad en términos tácticos. Pero el legado histórico de esta rebelión lo ubica en un lugar central de la historia del pueblo inglés, ya que de él se derivaron el principio del fin de la servidumbre en la Inglaterra medieval y la sensibilización de las clases altas, que se vieron exigidas a entender la necesidad de combatir la miseria extrema a la que estaban sometidas las clases bajas, sobre todo como consecuencia de su servidumbre forzada.
EL AJUSTE PERMANENTE
Hoy, al igual que otros países de Europa y los Estados Unidos, la opción elegida por el gobierno conservador inglés de Cameron ha sido la incorrecta; y no por conservador sino por bobo. Pareciera ser que nada han aprendido de la historia: acaso porque han dejado para su lectura el lugar de una excentricidad suntuaria, en vez del de una necesidad cuasi biológica. Así, ante la crisis generada por el sistema financiero internacional que de ser el agente bacteriano que lo infectó todo con miseria pretende transformarse en el antibiótico, decide acorralar fiscalmente al pueblo con ajustes que pretenden salvar un sistema enclenque, que ni economistas ni sociólogos saben ya cómo describir.
Así les va. Incendios. Saqueos. Todo tan parecido a lo ocurrido en los levantamientos de la Inglaterra de 1381: consecuencia otrora como hoy de la insensibilidad, de la impudicia de una riqueza de concentración exponencial y del maltrato social.
Quizás las circunstancias, quizás los saqueos, quizás el miedo, tal como sucedió hace más de 600 años, despierte la lucidez en algunos dirigentes y les haga dar cuenta que la salida de la crisis no está en pedir que se limpie a Inglaterra de delincuentes. Aquellos a los que la opulencia y el éxtasis del consumo parecen haber anestesiado, empujándolos a pedir a gritos que se extermine al otro, al olvidado, tal y como se escucha y lee hoy en las redes sociales en Inglaterra, deberán entender que su pedido no sólo es insensible y repugnante, sino menos que inteligente. Más aún, se podría decir que la pretensión de que todo se resuelva como si fuese una cuestión policial, no es más que un vomito de nafta sobre las llamas de los desesperados. En su incultura y desprecio las clases dominantes, apoyada por los lacayos de una clase media acomodada que parece sensibilizarse sólo ante la matanza de las ballenas y el talado de árboles, se han puesto a pedir el exterminio del otro, sin darse cuenta que están al borde de su propio suicidio.
Es la misma clase que se lo ha venido tragando todo. Es la que reclama que le limpien Inglaterra y el mundo de las sobras, entre las cuales parecieran estar los marginados, los olvidados y las etnias de las que ellos se han venido sirviendo como en los peores tiempos de la Edad Media, siempre para satisfacer sus pantagruélicas diversiones y su voracidad de poder.
LONDRES EN LLAMAS
Si aún les queda dignidad e inteligencia, entonces sabrán entender que quien se sienta a la mesa a comer a diario en medio de un ambiente familiar, quien vuelve a su casa después de un día de trabajo, quien cobra un salario digno que le permite vivir y realizar deseos, quien camina por las calles con la seguridad de que volverá a su hogar, quien se siente protagonista de la historia y es respetado por su historia y sus ideas, no saldrá a quemar autos, ni a saquear, ni a hacer del vandalismo su forma de ser protagonista de la historia, cueste lo que le cueste.
Los que han arrasado, los que han saqueado y siguen haciéndolo en proporciones apocalípticas, no son los centenares de jóvenes encapuchados que hoy vemos por la televisión. Los que lo han arrasado todo, apoyados en la anestesia ilusoria de la tecnología que millones compran para sentirse falsamente libres, lo que filósofo Herbert Marcuse llamó “la conciencia feliz”, son los vándalos de la opulencia. Y no usan ni buzos ni capuchas.
Estos vándalos modernos, así como los señores feudales que antes de nombrase a sí mismos caballeros primero cabalgaron por Europa en un éxtasis de robos y violaciones, viven su propia edad media. Encerrados en Burgos casi inexpugnables, pretenden todo del prójimo. Hoy, se visten con trajes y zapatos de Armani. Explotan sus armarios con decenas y decenas de carteras, bolsos, pañuelos de Louis Vuitton. Con decenas y decenas de camisas que usarán sólo una vez. Y confirmarán la hora de la cita con la última puta de lujo que les consiguió su traficante preferido, por supuesto después de corroborar la hora de cierre de la bolsa de New York o Londres en un reloj cuyo valor puede llegar a superar el salario de mil trabajadores de un país como Nigeria, donde también suelen hacer negocios.
martes, 5 de julio de 2011
“AL ESCUCHAR A D¨ELÍA RECORDÉ CUANDO ME PICANEABAN”
Por Marcos Doño*
jueves, 24 de marzo de 2011
EL DÍA QUE COMENZÓ EL GENOCIDIO
viernes, 16 de abril de 2010
El General Presidente

Hace cinco minutos que el general se cepilla los dientes.
Su boca rabiosa de espuma se disuelve en un buche y escupe.
El general abre sus fauces hasta el colmo de sus mandíbulas.
Pasa revista. ¡Limpios! ¡Ni una caries!
Sobre el mármol del lavatorio el reloj del general marca las cinco y treinta de la mañana.
Bate la brocha y hace espuma hasta que su rostro general muda a un incomprensible Papá Noel.
Entonces toma la navaja y extiende su brazo.
No le tiembla la mano.
La hoja sesga. Con precisa delicadeza. Oblicua hasta el borde de su labio inferior.
A esta altura, se diría que la cara ya está lisa como el mármol.
Así le gusta al general su cara: lisa como piedra pulida.
Seis menos cuarto de la mañana.
Huesuda la mano abre la ducha. Inmóvil bajo el chorro caliente, pies juntillas, empapa su cuerpo absoluto.
Frota obsesivamente. Él sabe hacer mucha espuma contra el pubis y asciende hasta su pecho y se detiene en su pelo negro.
Lacio.
Corto.
Limpito, el general ya está sentado a la mesa.
Grácil, su esposa lo huele. ¡Qué bien huele mi general! “Qué calentito está el mate argentino. Como en un brindis, le agradece a Dios por esta vida y tritura la tostada en su boca, haciéndola crepitar al ritmo casi armónico del tic tac un reloj alemán de 1939.
Seis y cuarto. Hora de ir a trabajar.
El uniforme nuevo le calza bien.
Con cepillo tierno, su amada recorre las solapas y la espalda de su venerado amado.
Y su venerado, tieso frente al espejo de cuerpo entero, bien cuadrado, busca ese otro espejo negro de sus zapatos lustrosos.
Allí, abajo, busca sus soles de general.
Centra su gorra. Centra su corbata. Centra el beso de su señora esposa, en un correcto acto de amor.
Buenos días, mi general, saluda cagado en las patas el portero que se cuadra con su escobillón.
El general deja su hogar.
Ya están en camino, él y su certeza.
Inspirado en Césares, sus ojos negros pequeños, como oriundos de algún terrible fenómeno astronómico, van devorando el paisaje.
¡La historia es la historia de los ejércitos!, se catequiza el general.
Inocentes de todo, los materiales de las calles ofrendan lo suyo en suaves reflejos pasteles ámbar, ocres, verdes, del naciente otoño.
Un Monumento de los Españoles se va haciendo amarillo oro de sol, y se confunde con los soles fantasmales de sus jinetas
No hay dudas, el general se siente perfectamente bien.
Con pudorosa delicadeza, y porque no quiere quitar los ojos del mundo que está conquistando, sus manos rozan el portafolio.
Lo abre.
Los dedos como de ciego hurgan un libro. Y leen el relieve: Evangelios.
Lo aprieta fuerte y repite ¡no me temblará la mano, carajo!
Como una aparición, la Casa Rosada ya está ante sus ojos.
El general desciende.
Granaderos y taco y espadas y reojos. Y él que se aleja a paso rápido hacia el vientre palaciego.
Retumba todo en el Palacio.
Retumban los ecos de las voces de su cortejo saludador mientras ya se imagina mármol.
Así, tal cual, es como lo había soñado alguna vez.
Definitivamente en su sillón, el general está solo.
Enciende un cigarrillo y lo pita profundo hasta sumergirse en el recuerdo joven de subteniente recién egresado.
Lo pita otra vez y ofrenda el humo a un cielorraso que fragua su presente en una neblina azulada.
Detrás de ella, flotan ocultos los caireles de la majestuosa lámpara que pende sobre su convencida cabeza.
Sólo un gran espejo es el testigo de que hoy se ha recortado el bigote mejor que nunca.
Se mira.
Esta es la primera vez que lo dirá, y ya se ha acostumbrado:
¡Soy el presidente de los argentinos!
Un barroco reloj francés sobre el hogar de mármol y granito negro da la primera de siete campanadas.
El general apaga el cigarrillo.
Se arrodilla frente al Cristo de bronce que pende como un fantasma detrás del sillón y la neblina.
Se persigna.
Amén.
Siete y quince de la mañana.
Sumergidos en el silencio infinito que precede el futuro, el gabinete ya orbita la elegante mesa oval.
Habrá tiempo para un último sorbo de cafecito caliente.
Ahora sí, el general ya está listo para dar su primera orden.
Va a comenzar un genocidio.

