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miércoles, 24 de agosto de 2011

LA TRAMPA DE MAJUL Y DEMÁS PASTORES POLÍTICOS Y PERIODISTICOS


Cuando no se quiere ver la realidad se recurre al pensamiento mágico
Foto Perfil.com

Por Marcos Doño
¿DÓNDE QUEDÓ “LA INSEGURIDAD”, “LA CORRUPCIÓN” Y “EL AUTORITARISMO”?

Apenas se conocieron los primeros resultados de las Primarias en Argentina, en la apertura de su programa de televisión el periodista Luis Majul otorgó al 50% del Frente Para la Victoria un sentido casi azaroso. Dijo: “Nadie esperaba un resultado tan contundente.”
Luego, en su estilo siempre tan liso y con rostro circunspecto intentó una exégesis sociológica que explicara tal desatino popular. Un intento pueril para no perturbar en demasía su austero pensamiento.
Pero la expresión de Luis Majul no era la de un cientista social preocupado por la realidad. Más bien mostraba el desconcierto ante una realidad que se le presentaba indescifrable, tanto como el mismísimo misterio de la Santa Trinidad al mundo cristiano. Sin abandonar su ademán, volvió a la carga con  su fragilidad especulativa y repitió  que nadie esperaba un triunfo tan contundente.

La primera pregunta que cabría hacerse, es: ¿Quiénes componen el universo de los “nadie” de Majul?
Digamos que su sorpresa encerraba algo más que perplejidad. Y era la contradicción que salía a la luz a partir del contraste de su discurso con los guarismos que se leían ahí nomás, en el zócalo de la pantalla, debajo del destemplado conductor: Cristina Fernández 50%; Eduardo Duhalde 12, 7 %; Ricardo Alfonsín 12,6 %, Binner 10%, y al final el 2,8 del contentísimo candidato del Partido Obrero José Saúl Wermus, más conocido como Jorge Altamira, quien lejos de proponerle a la masa proletaria la Revolución Permanente ni ninguna revolución por el estilo, había logrado superar el límite del 1,5%, exigido por la justicia para poder presentarse como candidato en las elecciones de octubre próximo.  Después, el líder trotskista brindaría con champaña con el conductor del programa y afiliado al Partido Comunista Samuel “Chiche” Gelblund, por una apuesta que el sempiterno candidato del Partido Obrero le había ganado sobre el resultado.

Pero, ¿cuál es entonces la razón de emitir semejante sandez en el mismo momento que las palabras están siendo guillotinadas por los datos de una realidad que, además, terminó por superar los pronósticos más alentadores en favor de la Presidenta?

En su libro “La Estrategia de la Ilusión” Umberto Eco nos aclara que muchas veces las conductas de los políticos y los intelectuales no se explican por la política ni las ideas sino por el psicoanálisis. En este sentido que debemos buscar las causas de la trampa a la que se somete Majul, al igual que la mayoría del arco político. Más allá de otros factores, mucho de lo que vemos se explica por lo que Freud definió como “Pensamiento mágico”: “La creencia errónea de que los propios pensamientos, palabras o actos causarán o evitarán un hecho concreto de un modo que desafía las leyes de causa y efecto comúnmente aceptadas. El pensamiento mágico puede formar parte del desarrollo normal del niño.”

LA IDEA DE CAOS NO PRENDIÓ
Muchas veces necesario, el pensamiento mágico actúa como combustible espiritual para aglutinar ideas y voluntades en el camino legítimo hacia el poder político. Pero cuando esta característica persiste en el discurso adulto a modo de andamiaje, entonces hace que la negación de la realidad derive en un misticismo precario, en una especie de “creer para ver”. Aun en aquellos casos en que el discurso tiene como origen el pago por los servicios prestados, quien cobra necesita también un lugar para ese pensamiento mágico que haga más comestible la traición.
En algún momento del devenir de la mentira y la negación porfiada de la realidad el embuste político a escala pública termina por ser pulsión necesaria hacia una metamorfosis moral, que a modo de desagüe servirá para escurrir la culpa.   

Recordemos que lo que muchas veces consideramos como natural en política, suele ser herencia de atavismos culturales, de prejuicios e intereses de clase, como de construcciones intelectuales, muchas de ellas pacientemente fogoneadas desde algún polo de poder. De tal manera que lo que algunos ven y nos quieren hacer ver como lógico, como natural que así sea, cómo inevitable que deba suceder de tal manera y no de otra –en este caso que las elecciones primarias serían, según la profecía an, el comienzo del apocalipsis kirchnerista –, no es sino la resultante de un escenario de deseos e intereses, cuya mayor ilusión sigue siendo la de creer que se puede diseñar la realidad a medida, cual dioses lobistas. Todo, por supuesto, con la ayuda esmeradísima de intelectuales, periodistas y analistas gurús de los medios opositores hegemónicos.

Sin embargo, Majul insistió durante el desarrollo de su programa. Su pensamiento mágico lo empujaba a decir más de una vez el slogan negador: “Nadie pensaba que este sería el resultado de la votación”.

Aunque parezca una perogrullada explicarlo, es a partir del mismo momento en que se conocen los resultados que queda comprobado de manera fáctica que antes de emitir su voto había un 50% de la ciudadanía que no se había prestado ni era parte del espejismo mediático que intentó arriar al electorado detrás de sus pastores políticos y periodísticos. La sorpresa de Majul y la de sus asociados políticos y empresarios había dejado de tener asidero desde el mismo momento en que se vieron los resultados.

No hay dudas de que se trató por todos los medios, de comunicación sobre todo, de fusionar a la sociedad en contra del gobierno a partir de la idea de que vivimos inmersos en un caos de corrupción, autoritarismo e inseguridad, todos invadidos por una inflación que se devora el salario y la dignidad del bolsillo. Sin embargo, el final estrepitoso del kirchenirsmo, preanunciado hasta el hartazgo no prendió ni en el 50% que se decidió a votar al Frente para la Victoria, ni sirvió para aglutinar al otro 50% restante detrás alguno de los pastores políticos de la oposición que se quedó sin báculo ni voz.

La sorpresa de Luis Majul, la misma que la de todos los sorprendidos de la oposición, no es otra que la de quien mira por primera vez en un telescopio y exclama su asombro al comprobar lo limitado de sus los ojos, cuando de lo que se trata es de ver la compleja e infinita bellaza del universo.
Como un poderoso catalejo, el resultado de estas primarias ha venido a mostrarle a todo el arco opositor –periodistas, intelectuales y políticos- un universo social fulgurante y en desarrollo, ocultado detrás de su tozudez y su negación a ver la realidad.

jueves, 11 de agosto de 2011

DAVID CAMERON: ¿CONSERVADOR O “BOBO”?


LOS VÁNDALOS DE LA OPULENCIA NO USAN NI BUZOS NI CAPUCHAS/

LA MIOPÍA DEL PODER/

INGLATERRA: HOY COMO HACE SIETE SIGLOS


Por Marcos Doño


La inmediatez casi boba a la que nos tienen acostumbrados la mayoría de los noticiarios de la televisión de aire y algunos programas políticos de cable que se dicen serios, jamás nos deja lugar para el análisis de los acontecimientos sociales, más allá de lo estrictamente reciente.

Para engordar esta debacle intelectual, se suman aquellos dirigentes políticos portadores de orejeras ideológico-culturales que terminan por acotar al mundo a un plano unidimensional.

Guillotinada, la historia resulta en un cuerpo muerto cuya mudez nada puede decir ni dar referencia de hechos de un pasado que, sin duda, nos ayudaría a entender nuestro presente social, acaso con sólo hojear algún buen libro académico.

En este sentido, la descripción que se viene haciendo de la rebelión desatada por estos días en Londres, ahora extendida a todo el territorio británico, es una muestra cabal de no saber ni querer hurgar en la historia para tratar de comprender los sucesos de este presente.

Vayamos, entonces, en ayuda de la historia y tratemos, inmersos en uno de sus relatos, de entender, aunque brevemente, las causas de la violencia y la frustración que hoy emergen desolando las calles de Londres y otras ciudades.


BAJA EDAD MEDIA

Estamos en la Inglaterra de finales del siglo XIV, lo que se conoce correctamente como Baja Edad Media. Más precisamente en el año 1381, cuando estalló la Rebelión de Wat Tyler, también conocida como Gran levantamiento de 1381 o Revuelta de los campesinos.

Nos referimos a una serie de insurrecciones populares lideradas, entre otros, por John Ball y Wat Tyler, que terminaron por constituirse en determinante de la estructura social, económica y jurídica de Inglaterra. Y aquí viene el dato que nos ayudará a entender cómo algunas medidas tomadas por el poder político suelen determinar situaciones similares, aunque distantes en el tiempo.

El sismo social al que hago referencia fue en esencia una rebelión antifiscal, que ante la miopía del poder derivó en la insurrección más extrema y extendida territorialmente de la historia de Inglaterra. Es verdad que alguien que conozca estos acontecimientos podrá decir, no sin acierto, que el levantamiento campesino terminó finalmente en un fracaso. Ello es verdad en términos tácticos. Pero el legado histórico de esta rebelión lo ubica en un lugar central de la historia del pueblo inglés, ya que de él se derivaron el principio del fin de la servidumbre en la Inglaterra medieval y la sensibilización de las clases altas, que se vieron exigidas a entender la necesidad de combatir la miseria extrema a la que estaban sometidas las clases bajas, sobre todo como consecuencia de su servidumbre forzada.


EL AJUSTE PERMANENTE

Hoy, al igual que otros países de Europa y los Estados Unidos, la opción elegida por el gobierno conservador inglés de Cameron ha sido la incorrecta; y no por conservador sino por bobo. Pareciera ser que nada han aprendido de la historia: acaso porque han dejado para su lectura el lugar de una excentricidad suntuaria, en vez del de una necesidad cuasi biológica. Así, ante la crisis generada por el sistema financiero internacional que de ser el agente bacteriano que lo infectó todo con miseria pretende transformarse en el antibiótico, decide acorralar fiscalmente al pueblo con ajustes que pretenden salvar un sistema enclenque, que ni economistas ni sociólogos saben ya cómo describir.

Así les va. Incendios. Saqueos. Todo tan parecido a lo ocurrido en los levantamientos de la Inglaterra de 1381: consecuencia otrora como hoy de la insensibilidad, de la impudicia de una riqueza de concentración exponencial y del maltrato social.

Quizás las circunstancias, quizás los saqueos, quizás el miedo, tal como sucedió hace más de 600 años, despierte la lucidez en algunos dirigentes y les haga dar cuenta que la salida de la crisis no está en pedir que se limpie a Inglaterra de delincuentes. Aquellos a los que la opulencia y el éxtasis del consumo parecen haber anestesiado, empujándolos a pedir a gritos que se extermine al otro, al olvidado, tal y como se escucha y lee hoy en las redes sociales en Inglaterra, deberán entender que su pedido no sólo es insensible y repugnante, sino menos que inteligente. Más aún, se podría decir que la pretensión de que todo se resuelva como si fuese una cuestión policial, no es más que un vomito de nafta sobre las llamas de los desesperados. En su incultura y desprecio las clases dominantes, apoyada por los lacayos de una clase media acomodada que parece sensibilizarse sólo ante la matanza de las ballenas y el talado de árboles, se han puesto a pedir el exterminio del otro, sin darse cuenta que están al borde de su propio suicidio.

Es la misma clase que se lo ha venido tragando todo. Es la que reclama que le limpien Inglaterra y el mundo de las sobras, entre las cuales parecieran estar los marginados, los olvidados y las etnias de las que ellos se han venido sirviendo como en los peores tiempos de la Edad Media, siempre para satisfacer sus pantagruélicas diversiones y su voracidad de poder.


LONDRES EN LLAMAS

Si aún les queda dignidad e inteligencia, entonces sabrán entender que quien se sienta a la mesa a comer a diario en medio de un ambiente familiar, quien vuelve a su casa después de un día de trabajo, quien cobra un salario digno que le permite vivir y realizar deseos, quien camina por las calles con la seguridad de que volverá a su hogar, quien se siente protagonista de la historia y es respetado por su historia y sus ideas, no saldrá a quemar autos, ni a saquear, ni a hacer del vandalismo su forma de ser protagonista de la historia, cueste lo que le cueste.

Los que han arrasado, los que han saqueado y siguen haciéndolo en proporciones apocalípticas, no son los centenares de jóvenes encapuchados que hoy vemos por la televisión. Los que lo han arrasado todo, apoyados en la anestesia ilusoria de la tecnología que millones compran para sentirse falsamente libres, lo que filósofo Herbert Marcuse llamó “la conciencia feliz”, son los vándalos de la opulencia. Y no usan ni buzos ni capuchas.

Estos vándalos modernos, así como los señores feudales que antes de nombrase a sí mismos caballeros primero cabalgaron por Europa en un éxtasis de robos y violaciones, viven su propia edad media. Encerrados en Burgos casi inexpugnables, pretenden todo del prójimo. Hoy, se visten con trajes y zapatos de Armani. Explotan sus armarios con decenas y decenas de carteras, bolsos, pañuelos de Louis Vuitton. Con decenas y decenas de camisas que usarán sólo una vez. Y confirmarán la hora de la cita con la última puta de lujo que les consiguió su traficante preferido, por supuesto después de corroborar la hora de cierre de la bolsa de New York o Londres en un reloj cuyo valor puede llegar a superar el salario de mil trabajadores de un país como Nigeria, donde también suelen hacer negocios.

martes, 5 de julio de 2011

“AL ESCUCHAR A D¨ELÍA RECORDÉ CUANDO ME PICANEABAN”


"Treinta y cinco años después vuelvo a escuchar el mismo razonamiento que el de mis torturadores de la dictadura"
LOS SOCIALISMOS DE LOS IMBÉCILES Y LA OBSESIÓN DE D´ELÍA

Por Marcos Doño*


Es la madrugada del 14 de mayo de 1976. Después de no sé cuánto tiempo, la tortura se detiene. Alguien, a quien no puedo ver porque estoy encapuchado, se acerca a mi oído y me susurra, no porque no quiere que lo escuchen sino porque es una forma perversa e íntima de su odio: Mirá, que seas zurdo vaya y pase. Pero donde la cagaste es en que sos judío. Así, tal cual la sintaxis, es como lo recuerdo. Después continuaron con su “trabajo”; tanta máquina -picana eléctrica- hasta que me ahogué de dolor y porque se me cerraba la glotis, edematizada por el paso de la electricidad en todo mi cuerpo.
Cuando los dientes casi se me salían de las encías, volvieron a detenerse. Esta vez, otro, de voz chillona, grita a viva voz: ¡Che, judío de mierda, vos debés ser un espía del Mossad!

Entonces el tormento da un giro insospechado: ahora, además de marxista, me acusan de “espía israelí”. Y de una sarta de disparates inexplicables derivados de la lectura de unos folletos que habían recogido de mi casa, mientras lo destruían todo. El material de espionaje incautado era de una escuela judía laica, donde mi esposa se desempeñaba como docente. Suficiente para armar una historia inverosímil y acusarme de hereje. A partir de allí, para el judío espía, para el traidor a la patria, para el judío marxista, doble ración de tormento.

Treinta y cinco años después vuelvo a escuchar el mismo razonamiento que el de mis torturadores de la dictadura. Vuelvo a escuchar las mismas sospechas sobre los judíos. Sobre mi condición de judío. Sobre mi argentinidad. Pero esta vez de boca de un líder social, el piquetero Luis D’Elía, quien se dice militante por los derechos humanos, quien asegura ser un luchador por un país más justo y equitativo. Un país en el que toda forma de discriminación, y él lo sabe, además que debería ser condenada por la conciencia moral de cualquier ciudadano, es reprimida por una ley nacional, inspirada en la Declaración Universal de Derechos Humanos –artículo 2.-, y en el artículo 16 de nuestra Constitución Nacional.
Yo no pretendo que todos nos amemos, como si acaso estuviésemos en camino hacia una sociedad de ideal gandhiano. En cambio exijo que se haga cumplir la ley; al menos es el resguardo de orden jurídico que tengo como habitante de este país.

¿Pero de qué estoy hablando? Hace unos días D´Elía, en un programa de radio, se refirió a la estafa sufrida por la Fundación Sueños Compartidos que lidera Hebe de Bonafini, en estos términos"Vos mirás la lista de estos muchachos y son todos paisanos, encabezados por ellos dos (Sergio y Pablo Schoklender), hijos de un hombre traficante de armas vinculado a la dictadura""Cuando vos ves todos los apellidos 'Schoklender', Zito Lemame dice 'yo no sé si este pibe es del Mossad'. No me extrañaría que detrás de estas operaciones de desprestigio estén personajes de la alta inteligencia internacional".
La sospecha de que los judíos somos siempre extranjeros es una idea cocinada por siglos, que tiene entre sus máximos referentes al libelo antisemita“Los Protocolos de los Sabios de Sión”. Un texto pergeñado por la policía secreta del zar de Rusia a fines del siglo XIX, que se usó para que las mentes envenenadas de antisemitismo intentasen justificar “científicamente” sus fechorías, inspiradas en el canon de falacias históricas que inventó y difundió por siglos la Iglesia Católica, sobre todo a partir del siglo X.

Lo cierto es que esta estructura cultural no fue ni quiso ser revertida en el siglo XX por ninguna de las ideologías dominantes: la liberal y la socialista. Así, las izquierdas duras terminaron por heredar esta simiente cultural, y el estalinismo es, sin dudas, un ejemplo meridiano. No es casual que el fanatismo de izquierda suela apoyarse en una singularidad perversa para tratar el conflicto árabe-israelí, lo que le generó un repertorio cada vez más cercano al pensamiento de los fascismos del siglo pasado. Apoyados en él, sus conclusiones sobre el terma no resisten, las más de las veces, ningún análisis serio en materia de historia y politología. Lo demás lo hizo la llamada “mala conciencia”, emergente “moral” de gran parte de la sociedad europea de posguerra, que no se hizo cargo de la responsabilidad política y social que le cupo en el mayor genocidio de la historia cometido por razones étnicas durante la Segunda Guerra Mundial: la Shoáh –Holocausto-.

Sería bueno que Luis D’Elía se nutriese menos de las ideas medievales y reaccionarias ejercidas por su elogiado Mahmud Ahmadineyad, un dictador teocrático, hijo predilecto de la revolución del Ayatollah Jomeini, quien después de derrocar al anterior dictador, el Shá de Persia Mohammad Reza Pahlevi, se dedicó a allanar el camino de su revolución islamista fusilando y encarcelando no sólo a los antiguos representantes aliados de los norteamericanos, sino a los opositores socialistas, comunistas y de cualquier tenor político que no se ajustasen a la ley coránica o shaaría.
Debería abrevar, si es que realmente cree en algún ideario democrático y le interesa la historia de quienes lucharon por una sociedad argentina con justicia social, en el pensamiento de hombres como el anarquista español Antonio Soto, quien lideró con la FORA los levantamientos obreros en las provincias de Santa Cruz y Río Gallegos, contra de la terrible explotación a que los sometían los estancieros conservadores. Luchas que, como bien destaca Osvaldo Bayer en su libro La Patagonia Rebelde, el coronel Héctor “Beningno” Varela, testaferro de la oligarquía reunida en la Sociedad Rural, reprimió con el fusilamiento, asesinando a 1500 trabajadores.

Desde ése trágico 11 de noviembre de 1921 en la Patagonia, debieron pasar tres décadas para que los trabajadores argentinos conocieron tuviesen un movimiento político masivo que los representara en sus derechos. Sobre todo con Eva Perón, quien se transformaría en su mayor estandarte de lucha. Evita, quien se animó en medio del odio antisemita encarnado en distintos sectores de la sociedad argentina a verbalizar su afecto y respeto por los judíos y el Estado naciente, al que defendió con su brillante oratoria ante las señoras pacatas de la Sociedad Rural y lo más reaccionario de la oligarquía vernácula. Allí, donde verdaderamente anidaba la cepa del pensamiento secular antijudío, y que D’Elía expresa hoy sin pudor cada vez que tiene oportunidad de hacerlo. Aun a pesar de sus retóricos ataques de odio a los rubios, su símbolo mediático de la clase alta.
Y si queremos ir más lejos en el tiempo y la geografía, debería conocer el pensamiento y el accionar de hombres como Trotsky y Lenin –no tanto del leninismo y el trotskismo de los últimos 60 años-, quienes desenmascararon y combatieron las falacias racistas encarnadas en las páginas del libro de la policía zarista, que bien vale decir en este caso, se difunde masiva y gratuitamente en las escuelas y los centros islamistas. 

De todas maneras, estos son temas de política internacional y nacional que por su profundidad no pueden abordarse con seriedad en unas pocas líneas.
Pero que quede claro: los judíos de la Argentina nada tenemos que ver, como ciudadanos argentinos que somos, con los hechos bélicos y políticos de Israel; aun aquellos que declaran que en un lugar de su corazón descansa la nostalgia por este país milenario, donde vivieron sus ancestros y viven sus hermanos de religión y cultura.

Claro que para esto hace falta grandeza de espíritu y claridad política. Hace falta desprenderse de un imaginario por centurias pernicioso. Y quizás nadie mejor que Cristina Fernández de Kirchner para mostrarnos cómo se debe ser en estas cuestiones.
Como lo hizo durante el acto de inauguración del helipuerto “Roberto Mario Fiorito”, en homenaje al Cap. Fiorito, piloto del helicóptero Puma del Ejército que fue abatido por un misil antiaéreo inglés del destructor Coventry el 9 de mayo de 1982, durante un rescate en plena guerra de Malvinas. La Presidenta vio como inmejorable la oportunidad para entregarle el DNI argentino al artista James Peck, quien nació en las Islas Malvinas en 1968 y es hijo de un soldado inglés que combatió en la guerra del Atlántico Sur. Sin dudas, todo un gesto político y moral. Sin dudas, un mensaje para la sociedad argentina e inglesa.

No vaya a ser que a alguien se le ocurra aplicar la teoría conspirativa de Luis D’Elía y le plantee a Cristina Fernández de Kirchner la posibilidad de que el compatriota James Peck sea un espía, miembro del servicio de inteligencia de la Corona británica. Quizás esta idea ya esté anidando.

A estas formas de razonamiento político el lúcido pensador August Bebel (compañero de lucha de la líder de movimiento marxista alemán de comienzos del siglo conocido como Liga Espartaquista) la denominó “el socialismo de los imbéciles”.

Sin embargo y a pesar de todo, y porque como dice el Talmud “es mejor encender una llama que blasfemar contra la oscuridad”, trato de entender las razones. Pero las palabras de D’Elía, tan antiguas como el odio que encarnan, insisten: "Vos mirás la lista de estos muchachos y son todos paisanos… ". "Cuando vos ves todos los apellidos 'Schoklender', Zito Lema me dice 'yo no sé si este pibe es del Mossad'.
No sé, las escucho y mi memoria me trae la gélida voz de uno de mis torturadores. Tan clara como si me estuviese hablando ahora mismo: ¡Che, judío de mierda, vos debés ser un espía del Mossad!

*Periodista. Preso político durante la dictadura militar. Fue miembro del Departamento de Prensa de AMIA.
Todos los derechos reservados. Para publicar citar fuente y autor.

jueves, 24 de marzo de 2011

EL DÍA QUE COMENZÓ EL GENOCIDIO

El General Presidente

Por Marcos Doño

Hace cinco minutos que el general se cepilla los dientes. En un buche y escupe, se disuelve su boca rabiosa de espuma.
Ahora, el general abre sus fauces hasta el colmo de sus mandíbulas y pasa revista. ¡Limpios, ni una caries!
Sobre el mármol del lavatorio el reloj del general marca las cinco y treinta de la mañana.
Bate la brocha y hace espuma en su rostro general que va mudando a un incomprensible Papá Noel con su navaja envainada y su brazo extendido. No le tiembla la mano al general. Desenvaina y asienta a contracuero la hoja, la estudia a contraluz, va y viene el filo, una vez, va otra vez, por la piel de su cuello, hasta el límite del mentón, y de patilla a mandíbula y de mandíbula a barbilla, la hoja va sesgando con precisa delicadeza oblicua hasta el borde de su labio inferior.
A esta altura, se diría que la cara ya está lisa como mármol.
Así le gusta al general: la cara lisa como piedra pulida.
 Seis menos cuarto de la mañana.
 Huesuda la mano abre la ducha.
El general está en pelotas.
Inmóvil bajo el chorro caliente, pies juntillas, empapa su cuerpo absoluto. Él sabe hacer mucha espuma obsesiva contra su pubis.
Frota sus genitales y asciende hasta su pecho y se detiene en su pelo negro. Lacio. Corto.
Por su cuerpo, el agua corre bautismal para perderse en un remolino hacia las cloacas nacionales.
 Limpito, el general ya está sentado a la mesa.
Su esposa lo respira.
¡Qué bien huele mi general! Qué calentito está el mate argentino.
Como en un brindis, le agradece a Dios por esta vida y se dispone a triturar la tostada que crepita en su boca al ritmo del tic tac de un reloj alemán de 1939.
 Seis y cuarto.
 Hora de ir a trabajar.
El uniforme nuevo le sienta bien.
Con cepillo tierno, su amada recorre las solapas y la espalda del venerado.
Su venerado, tieso frente al espejo de cuerpo entero, cuadrado, busca en el espejo negro de sus zapatos lustrosos los soles de sus hombros.
Acomoda su gorra. Acomoda su corbata. Ahora sí, su señora esposa puede besarlo en un acto de amor correctísimo.
 Ya es hora.
 Buenos días, mi general, saluda cagado en las patas el portero que se cuadra con su escobillón.
El general deja su hogar.
Van en camino, él y su certeza. Inspirado en tantos Césares, sus ojos negros pequeños, como venidos de algún terrible fenómeno astronómico, van devorando el paisaje.
¡La historia es la historia de los ejércitos!, catequiza el general.
Inocentes de todo, los materiales de la ciudad ofrendan sus suaves reflejos pasteles ambarocreverdes del naciente otoño y un Monumento de los Españoles en amarillo oro del sol astronómico, apenas borrado por los soles fantasmales de las jinetas flotando en el reflejo de la ventana.
 No hay dudas, el general se siente perfectamente bien.
 Con pudorosa delicadeza, y porque no quiere quitar los ojos del mundo que está conquistando, sus manos rozan el portafolio.
Lo abre. Sus dedos, como de ciego, encuentran el Libro.
¡No me temblará la mano, carajo!
 Como una aparición, la Casa Rosada ya está ante sus ojos.
 El general desciende.
 Granaderos, taco, espadas y reojos y él que camina a paso rápido hacia el vientre palaciego.
 Retumba todo en el Palacio.
 Retumba la historia.
 Retumban los ecos de las voces de su cortejo saludador mientras él ya se imagina mármol en el corredor de los bustos.
 Así, tal cual, es como lo soñó alguna vez.
 Definitivamente en su sillón, ahora el general está solo.
Enciende un cigarrillo. Lo pita profundo y se hunde en el recuerdo joven de subteniente recién egresado.
Pita otra vez y ofrenda el humo a un cielorraso que se pierde tras la neblina azul. Detrás de ella quedan ocultos los caireles de la majestuosa lámpara que pende sobre su convencida cabeza.
Sólo un gran espejo es testigo de que hoy se ha recortado el bigote, como nunca tan perfecto.
 Se mira.
Esta es la primera vez que lo dirá, y ya se ha acostumbrado: ¡soy el presidente de los argentinos!
 Un reloj francés sobre un hogar de mármol y granito negro da la primera de siete campanadas.
El general apaga el cigarrillo y se arrodilla frente al Cristo de bronce que pende oculto en la neblina detrás del sillón.
 Se persigna.
Amén.
 Siete y quince de la mañana.
 Sumergido en el silencio infinito que precede el futuro, el gabinete ya orbita la elegante mesa oval.
Todavía habrá tiempo para un último sorbo de café caliente.
 Ahora sí, el general ya está listo para dar su primera orden.
 Va a comenzar un genocidio.

viernes, 16 de abril de 2010

El General Presidente




por Marcos Doño

Hace cinco minutos que el general se cepilla los dientes.

Su boca rabiosa de espuma se disuelve en un buche y escupe.

El general abre sus fauces hasta el colmo de sus mandíbulas.

Pasa revista. ¡Limpios! ¡Ni una caries!

Sobre el mármol del lavatorio el reloj del general marca las cinco y treinta de la mañana.

Bate la brocha y hace espuma hasta que su rostro general muda a un incomprensible Papá Noel.

Entonces toma la navaja y extiende su brazo.

No le tiembla la mano.
La desenvaina. Asienta a contracuero la hoja y la estudia a contraluz y va y viene el filo una vez y otra vez por su cuello, hasta el límite del mentón, de patilla a mandíbula, de mandíbula a barbilla.

La hoja sesga. Con precisa delicadeza. Oblicua hasta el borde de su labio inferior.

A esta altura, se diría que la cara ya está lisa como el mármol.

Así le gusta al general su cara: lisa como piedra pulida.

Seis menos cuarto de la mañana.
El general está en pelotas.

Huesuda la mano abre la ducha. Inmóvil bajo el chorro caliente, pies juntillas, empapa su cuerpo absoluto.

Frota obsesivamente. Él sabe hacer mucha espuma contra el pubis y asciende hasta su pecho y se detiene en su pelo negro.

Lacio.

Corto.
El agua corre bautismal para perderse en remolinos en las cloacas nacionales.

Limpito, el general ya está sentado a la mesa.

Grácil, su esposa lo huele. ¡Qué bien huele mi general! “Qué calentito está el mate argentino. Como en un brindis, le agradece a Dios por esta vida y tritura la tostada en su boca, haciéndola crepitar al ritmo casi armónico del tic tac un reloj alemán de 1939.

Seis y cuarto. Hora de ir a trabajar.

El uniforme nuevo le calza bien.

Con cepillo tierno, su amada recorre las solapas y la espalda de su venerado amado.

Y su venerado, tieso frente al espejo de cuerpo entero, bien cuadrado, busca ese otro espejo negro de sus zapatos lustrosos.

Allí, abajo, busca sus soles de general.

Centra su gorra. Centra su corbata. Centra el beso de su señora esposa, en un correcto acto de amor.

Buenos días, mi general, saluda cagado en las patas el portero que se cuadra con su escobillón.

El general deja su hogar.

Ya están en camino, él y su certeza.

Inspirado en Césares, sus ojos negros pequeños, como oriundos de algún terrible fenómeno astronómico, van devorando el paisaje.

¡La historia es la historia de los ejércitos!, se catequiza el general.

Inocentes de todo, los materiales de las calles ofrendan lo suyo en suaves reflejos pasteles ámbar, ocres, verdes, del naciente otoño.

Un Monumento de los Españoles se va haciendo amarillo oro de sol, y se confunde con los soles fantasmales de sus jinetas
que flotan en el reflejo de la ventana.

No hay dudas, el general se siente perfectamente bien.

Con pudorosa delicadeza, y porque no quiere quitar los ojos del mundo que está conquistando, sus manos rozan el portafolio.

Lo abre.

Los dedos como de ciego hurgan un libro. Y leen el relieve: Evangelios.

Lo aprieta fuerte y repite ¡no me temblará la mano, carajo!

Como una aparición, la Casa Rosada ya está ante sus ojos.

El general desciende.

Granaderos y taco y espadas y reojos. Y él que se aleja a paso rápido hacia el vientre palaciego.

Retumba todo en el Palacio.
Retumba la historia.

Retumban los ecos de las voces de su cortejo saludador mientras ya se imagina mármol.

Así, tal cual, es como lo había soñado alguna vez.

Definitivamente en su sillón, el general está solo.

Enciende un cigarrillo y lo pita profundo hasta sumergirse en el recuerdo joven de subteniente recién egresado.

Lo pita otra vez y ofrenda el humo a un cielorraso que fragua su presente en una neblina azulada.

Detrás de ella, flotan ocultos los caireles de la majestuosa lámpara que pende sobre su convencida cabeza.

Sólo un gran espejo es el testigo de que hoy se ha recortado el bigote mejor que nunca.

Se mira.

Esta es la primera vez que lo dirá, y ya se ha acostumbrado:

¡Soy el presidente de los argentinos!

Un barroco reloj francés sobre el hogar de mármol y granito negro da la primera de siete campanadas.

El general apaga el cigarrillo.

Se arrodilla frente al Cristo de bronce que pende como un fantasma detrás del sillón y la neblina.

Se persigna.

Amén.

Siete y quince de la mañana.

Sumergidos en el silencio infinito que precede el futuro, el gabinete ya orbita la elegante mesa oval.

Habrá tiempo para un último sorbo de cafecito caliente.

Ahora sí, el general ya está listo para dar su primera orden.

Va a comenzar un genocidio.