Por Rubén Levenberg
Aprobaron la asignación universal porque habían perdido la elección; lanzaron la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, pero antes habían prorrogado las concesiones a los operadores de TV; disputan la renta agraria excedente pero no se pelean con Telefónica; acuerdan una nueva ley de protección de glaciares pero almuerzan con la Barrick Gold. La lista de “peros” es infinita, casi tanto como las traiciones históricas de las clases medias a sus propios intereses.
Porque hoy la clase “merda” se regodea con las convocatorias golpistas de Grondona y Biolcati o con los pronósticos de muerte de Joaquín Morales Solá, se indigna con los razonamientos inconclusos de Nelson Castro o con las frases hechas, pero elegantes, de Magdalena Ruiz Guiñazú. A lo sumo, lava sus culpas aplaudiendo a Pino Solanas, porque de esa manera puede decir a amigos e hijos que al fin y al cabo votó “a la izquierda”. Aunque sabe que esa izquierda se siente más cerca del grupo A del Congreso y de los propietarios sojeros que de cualquier cuerpo de delegados.
Pero mañana serán despojados igual que todo el mundo por los amigos de lo ajeno disfrazados de “nueva política”, de los gerentes ansiosos de llegar a un cargo para hacer negocios a lo grande, no como “esos politiqueros” que apenas rapiñan para salvarse ellos. Lástima que cuando se llega a tales situaciones, las cartas están sobre la mesa y ya no se puede volver atrás. Como en el ajedrez, pieza tocada, pieza jugada. ¿Alguna vez la clase “merda” dejará de tocar cualquier pieza porque lo dijo la tele?
