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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Walger: “Cristina se aproxima a una señora gorda”

MINI GOEBBELS DE 678 /PIERNAS REGORDETAS /50.000 U$S EN ALHAJAS/ EL DÚO CARLOTTO-BONAFINI E YVES ST. LAURENT

 Silvina Walger presentó su último libro libro Cristina, de legisladora combativa a presidenta Fashion. En la zaga de Pobre Patria Mía de Marcos Aguinis la periodista se basa, entre otras, en citas de Pagni, Lanata, Morales Solá, Kovadloff y otras al estilo de “mi amigo bien informado”. Puedecolaborar publica algunos fragmentos textuales.

*Esa actitud aristocrática de Cristina la aproxima, más que al pueblo, a esas señoras gordas que ningunean prójimos a los que no consideran de similar prosapia. En fin, esas que hablan de juntarse nada más que con “gente como uno”.

*Le jugaban -y le juegan- en contra caderas anchas y piernas con extremidades regordetas. Cuentan, y a esta altura es casi una leyenda urbana, que, como la madrastra de Blanca Nieves y su fatídico espejito, durante mucho tiempo Cristina no permitió el uso de polleras a sus colaboradoras mujeres. Las quería a todas en pantalones. No cuesta mucho imaginarse el porqué.

*Me interesó observar sus mutaciones, tratar de entender cómo se pueden hacer convivir el dúo Carlotto-Bonafini e Yves St. Laurent. También, cómo logró convertirse en una de las personas más detestadas de este país, sin que en ello opere la distinción de clases. ¿O es que siempre fue así?

*Yo nací maquillada”, suele bromear, si bien, como es sabido, la “estética montonera” renegaba de todos los “afeites”, cuidados de neta y desechable procedencia burguesa.
Desde que asumió como Presidenta, Cristina ha ido mejorando su gusto y aumentando su apego a la ropa de marca y a las joyas. Durante la campaña para la Presidencia, según pudo calcular Perfil.com a través de un relevamiento en diferentes joyerías, la futura jefa de Estado llevaba encima 50.000 dólares en alhajas.

*En materia de enriquecimiento ilícito no hay nada, de lo que esté prohibido o reñido con la ética que los K no hayan dejado de hacer al compás del crecimiento de sus bienes, sin que a ninguno de los baluartes morales dispuestos a juzgar a cualquiera que disienta con las prácticas que caracterizan al matrimonio se les haya ocurrido levantar la voz. Ni al cruzado Verbitzky, tampoco a la aspirante al Nobel, Estela de Carlotto, mucho menos a Hebe de Bonafini o los mini Goebbels del programa 6,7,8 del canal estatal.