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martes, 10 de mayo de 2011

El día que asesinaron a Susana Giménez



Por José Pablo Feinmann

Escribí un cuento que se llama La última invasión de Buenos Aires, donde vienen todos los “negros” a invadir Buenos Aires, se comen a los chicos, decapitan a Susana Giménez y pasa todo lo más horrible que puede pasar. Ramiro Bergman y Blumberg van hacia ellos y le dicen: “Muchachos, paz, amistad”. Pero se los comen. Entran a los campos, comen a los bebes, una negra le corta el pito a un tipo y le dice: “Miren, el negro tiene 30 centímetros más”. Un horror. Nadie puede frenar a los negros. Van caminando por una vereda y están Osvaldo Bayer sentando conmigo y con Saccomanno. Osvaldo dice: “Mírenlos, muchachos, los negros, qué lindo, nuestros compañeros están tomando todas las ciudades”. “Pero Osvaldo –digo yo- nos van a matar.” “¿Qué importa? Morir en manos de los negros en el día que toman Buenos Aires es maravilloso.” “Tiene razón”, le digo. Saccomanno también. Uno se llama Matasiete –como el de El Matadero, de Echeverría–. Dicen: “¿Y estos tres burgueses?”. “Un momento –dice Matasiete-, este es el compañero Osvaldo Bayer, cuidado con tocarlo.” “Gracias, muchacho”, dice Osvaldo. La cosa termina en que le dan la pica con la cabeza de Susana Giménez a Osvaldo Bayer y van hacia la Casa de Gobierno. Aquí interviene la realidad: el ministro de Defensa llama a los Estados Unidos y dice lo que está pasando. “Para que me crea –le dice a su asistente–, le voy a decir que hay guerrilleros islámicos infiltrados.” Llama, el presidente de los Estados Unidos, le dice: “Bueno, muy bien, no se haga problema. Ya mismo mando 10 aviones con misiles para reprimir a los terroristas infiltrados en esas columnas”. Al día siguiente, Buenos Aires no existía, pero era la ciudad más segura del mundo.

lunes, 28 de junio de 2010

Macri se confiesa: el motochorro de su inconciente


Acerca de un lapsus notable.

Por Gustavo Abrevaya

Mauricio Macri cometió un lapsus en rueda de prensa que, a primera vista, parece claro: dijo MOTOCHORRO queriendo decir MOTOQUERO. La cosa es evidente: para Macri, la moto es el medio de transporte de los chorros. Otras variantes no interesan.

El mensaje es claro: él piensa como “la gente”, es sabido. Susana Giménez, la gente si la hay, propuso sin ponerse colorada que se prohíba viajar de a dos en moto. Y Macri, acaso obediente con la diva, quiere implementar eso en el microcentro.

Demonizar es ligar una idea a una forma, asignarle un sentido único a lo que no lo tiene, es regar la planta de la inseguridad: la paranoia tiene una capacidad de combustión asombrosa. Y es políticamente rentable. Macri está explicando cómo es que hace algo ya no reñido con las formas, que no le interesan, sino con las leyes de tránsito, que son resorte de su absoluta incumbencia. La Ciudad, con Macri a la cabeza, multa a quien transgrede las reglas de tránsito. El debía entrevistarse con el juez Oyharbide, porque está acusado de liderar una Asociación Ilícita, lo que no es moco de pavo. Situación bochornosa, el jefe de Gobierno es multado por viajar en moto, sin casco, en dirección a una entrevista donde se juega su destino mediato: irá preso si la acusación se confirma real. Horrible sobre espantoso. Adivinamos sin esfuerzo su razonamiento: la situación era tan urgente que una falta de tránsito, leve, no resulta significativa. Interrogado al respecto su inconsciente captura el micrófono y dice la verdad sin pedirle permiso. Tomémosle la palabra: Macri le pide a un motochorro, eso dice, que lo lleve para zafar de la congestión de tránsito producida por… ¡un piquete! Imaginemos su humor, justo un piquete, nada menos, una manga de demonizados. Y entonces, proactivo, decidido, baja de su auto, el motochorro lo lleva sin casco y llega a tiempo. Y viaja, dónde más, en el asiento de atrás. Quien vio operar a los motochorros conoce el modus operandi: viajan dos, con casco para no ser detenidos ni reconocidos ni eventualmente golpeados, detienen la moto junto a un auto atascado en el tránsito, el acompañante salta de la moto que continúa avanzando hasta ponerse en posición de fuga mientras el chorro la emprende a golpes contra el vidrio del auto. Cuando uno vuelve a respirar el vidrio ya estalló, el chorro metió la mano, sacó lo que pudo, corrió a montar en el asiento de atrás de la moto que lo está esperando y escapó. Terrible escena. Si un lapsus es no una falla sino, al contrario, la realización del Deseo Inconsciente, que dice lo que quiere y no lo que debe, podemos pensar que Macri está pidiendo que un delincuente lo lleve a demostrar… que él no es un delincuente. ¿O iba a recusar al Juez? Poco importa. El motochorro de su inconsciente lo lleva en el asiento donde viaja el ladrón que rompe los vidrios. O sea, Macri viaja en el exacto lugar del chorro a entrevistarse con el juez que puede ponerlo preso. Eso dice su lapsus, no otra cosa. Aunque se lo desestime. ¿El temible precandidato a presidente nos estará confesando algo?

viernes, 14 de mayo de 2010

Juan Carr y la patria clic

Susana y Grassi hacían felices a los niños

Por Oscar Taffetani

Leemos en el diario La Nación la nota titulada “Combatir el hambre con un clic”. “El objetivo –dice en el encabezado- es juntar 875.000 mensajes en una página para hacer crecer una torre virtual (…) Cada ‘ladrillo’ se transformará en un paquete de fideos, de arroz o de polenta donado por un sponsor y será distribuido en uno de los 1.052 comedores comunitarios del país”.

A lo largo del texto aparecen expresiones sorprendentes, generadas desde una visión (que para nada compartimos) sobre los problemas del país, sobre la gran deuda que mantiene el Estado con los pobres y excluidos, sobre el papel que juega la comunidad y sobre la responsabilidad que le cabe a la dirigencia.

Se habla en la nota de “una caravana virtual solidaria para ganar clics”; se habla de una “movilización on line para terminar en un recital”; se habla de “hacer crecer la torre virtual del site”. O sea que en el traslado al mundo real, a este mundo concreto, todo terminará en una fiesta, en el derroche de los que siempre pueden ir a las fiestas, y en unos miserables paquetes de arroz, de polenta o fideos, repartidos de manera humillante entre los pobres.

Y qué harán el día después del día sin hambre, nos preguntamos. ¿Otra caravana virtual? ¿Otro recital en el parque? ¿Una nueva torre de arroz, polenta y fideos?

¿Es que no tienen derecho, los chicos y los viejos de los comedores comunitarios, a la belleza, al libro, a los abrazos? ¿No tienen derecho a vivir en una Argentina que los incluya de verdad, que los siente a su propia mesa, que los ponga en su propio banco de escuela, que los deje dormir en la propia cama y bajo el propio techo?

Sabemos del Estado ausente (por favor, digan algo nuevo). Sabemos del Estado en mal estado. Pero cualquier diagnóstico, el peor, no legitima esta farsa ni este remedo de la justicia y la igualdad.

Un antecedente olvidado.

El uso de los “clics” y de los “SMS” para acciones “solidarias” tiene un antecedente poco feliz en los ’90. Fue cuando el programa de televisión Hola Susana inició una campaña de apoyos telefónicos (mediante las líneas de tipo 0-600) a la fundación Felices los Niños, que conducía el cura Julio Grassi.

Había una extraña sociedad llamada Hard Communication, que integraban el empresario (alguna vez secuestrado por los Montoneros) Jorge Born, el ex montonero (devenido empresario) Rodolfo Galimberti y otro joven emprendedor apodado Corcho Rodríguez, a la sazón pareja de la diva Susana Giménez.

Los asuntos de Hard Communication terminaron de un modo muy duro, y muy comunicado. Cuando empezaron a ventilarse, en los tribunales y en las mismas pantallas de la TV las extraordinarias ganancias que le dejaban cada día, a la empresa, aquellas llamadas solidarias de decenas de miles de concursantes del programa de Susana.

Galimberti murió (eso le pasa a la gente); el cura Grassi fue procesado y condenado (por otra causa y otros motivos) y el novio de Susana Giménez dejó de ser el novio de Susana Giménez. De Born, hace rato que los diarios no traen noticias. El expediente fue archivado.

Un clic o un bip del teléfono, son algo muy rápido. El tintineo de las monedas cayendo en una caja, también es algo rápìdo. La fama de las figuras y figurillas de la tele viene y se va rápido (Ingens, monstrum horrendum, escribió el clásico). Lo que queda es el hambre. Lo que queda es el olvido y el desamor.

También queda –y está en cada uno de nosotros que no se caiga- el sueño de una Argentina verdaderamente solidaria, que se acuerde de cada uno de sus hijos y que los respete en sus derechos y su dignidad.