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lunes, 26 de marzo de 2012

¿Vos pensás que la voltearon a Isabelita porque era “inepta”?

Para entender más y mejor la dictadura del 76


El golpe, los golpes

Por Néstor Restivo (*)

Cada aniversario del 24 de marzo se ajusta la lente sobre qué pasó realmente en Argentina. Primero se hacía eje en su dimensión represiva, la sanguinaria actitud de las FF.AA. y los grupos de tarea, muertes, desapariciones, torturas. Luego se extendió el foco a los ejecutores civiles directos del plan económico como Martínez de Hoz, Alemann, Solanet, Diz, Cavallo y otros, retomando lo planteado por Rodolfo Walsh, quien ya en 1977 en su Carta Abierta refería las motivaciones económicas del golpe. Ahora se analiza más el rol que le cupo a empresarios, Iglesia, jueces, dentro del vasto  apoyo civil a Videla, Massera y compañía. Pero la razón última, creo, aún está poco presente en la memoria de cada 24 de marzo. Salvo en estudios sobre la Operación Cóndor de coordinación represiva en el Cono Sur, en general falta una visión de la economía mundial y regional, de esa globalización de la cual Argentina es parte, y cuya coyuntura en aquellos años ayuda a entender qué sucedió, por y para qué.

El lustro 1971-76 fue quizá el más dramático de América Latina. En 1971 fue derrocado en Bolivia el general nacionalista Juan J. Torre por otro general, Banzer, que instaló un régimen sanguinario. Ese mismo año nació en Uruguay el Frente Amplio, y el amenazado poder partidario tradicional respondió con un golpe en 1973 cuando ya Tupamaros estaba diezmado, igual que otras guerrillas al momento de cada golpe de Estado. En 1973 voltearon en Chile a Salvador Allende. En 1975 caía el militar revolucionario peruano Velasco Alvarado y subía el militar liberal Morales Bermúdez. En 1976 le tocó a Argentina.

Según el ecuatoriano Agustín Cueva, para 1976 había “dictaduras reaccionarias en Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay, Chile, Paraguay, Perú, Ecuador, Nicaragua, Salvador, Guatemala, Haití y Granada, en buena medida también en R. Dominicana y Honduras, y bajo una fachada civilista en Colombia”. O sea, casi todo el continente gobernado por militares (y civiles beneficiados detrás). Si alguien cree entonces que a Isabelita la voltearon porque -como la acusaban- era “inepta” o porque Argentina “era el caos”, se equivoca. ¿Qué tenía que ver ella con el ideario de Allende, o Torre con lo que pasaba en Centroamérica? ¿Qué estaba en juego a escala sistémica? Lo que mueve siempre al capitalismo: la tasa de ganancia de las grandes empresas, quién se queda con la mayor parte de la riqueza de un país. Por eso la primera víctima de los golpes fue el salario.

En los 30 años previos, el capitalismo vivió su “era dorada”, inclusive mejoraron los trabajadores y países periféricos pues el poder económico estaba más regulado. Pero la ganancia media cayó de 40 a 10%. Para 1968, en la Trilateral Commission el estadounidense Samuel Huntington habló de “exceso de democracia”, y había que detenerlo. En EE.UU. y Europa (represión a las luchas pro-derechos civiles, al Mayo francés, al movimiento huelguístico italiano) fue más civilizado. En América Latina fue brutal, le costó la vida a decenas de miles de personas.

Esa crisis de entre los ’60 y ’70 tuvo otras opciones, las comentadas: gobiernos populares y democráticos, de izquierda, centroizquierda, desarrollistas, aun con tibios acuerdos policlasistas o hasta de derecha y militares. Pero la gramática del capital buscaba otra cosa: romper los controles de posguerra y los “excesos de democracia”, argumentando “caos” y sobredimensionando el factor guerrillero, y recuperar una economía al servicio de grupos económicos poderosos. Hecha la tarea por las FF.AA., lo lograron en los ’80 y en los ’90 con el neoliberalismo en su cenit y a través, en especial, del capital financiero.
No negamos que cada golpe tuvo perfiles nacionales. Pero más allá de tales hubo un trasfondo de tanto golpe como el del 24 de marzo: parir una sociedad más injusta para beneficio de minorías concentradas. Las FF.AA. fueron ariete y muchos ni se enteraron qué poderes movían hilos desde atrás, imbuidas como estaban en su gran tarea de salvar a occidente con la Doctrina de Seguridad Nacional.

(*) Periodista e historiador. Columna transmitida esta semana en Radio Nacional.

jueves, 14 de abril de 2011

Isabel Martínez de Perón pidió que se televisara River-Boca


LA HINCHADA DE BOCA LE CONTESTA A LA DE RIVER CON LA MARCHA PERONISTA
Y LA DE RIVER RETRUCA: " Y YA LO VE, Y YA LO VE, LA BOCA ESTÁ BAILANDO A PEDIDO DE ISABEL...".


LA CANCHA DE BOCA Y LA TV CONVIRTIERON A BUENOS AIRES EN UNA CIUDAD DESIERTA
Por Enrique Raab
(Secuestrado un 16 de abril de 1977)
El conductor del remise se manejaba con términos cortesanos, casi versallescos. Camino a la Boca, haciendo avanzar su Falcon por los primeros tramos de la avenida Almirante Brown, definió con formulación exquisita su propia relación con el fútbol: "No sé cómo decirle... La verdad es que de joven yo sentía inclinación por este deporte... Pero en cierto modo, me espanta la grosería, el atropello, la prepotencia... Hay cosas, ahora, que resultan más de mi agrado...".
Inclinación, grosería, agrado: vocabulario heredado de algún libro de máximas de La Rochefoucauld. Nada que ver con los compactos grupos que desfilan por Almirante Brown hacia el Sur, doblan por Wenceslao Villafañe, llegan, exaltados hasta Enrique del Valle Iberlucea y se enfrentan con la Bombonera. En el camino, por donde uno mire, se venden cosas: vinchas de Boca Juniors, gorros tejidos con los colores azules y amarillos: "mejor un gorrito que una vincha, pibe... Mira que la noche viene fresca...". O si no, los churros, los sandwiches de matambre, la empanada fatta per la mamma, como anuncia en italiano impecable un carrito instalado en Pinzón e Iberlucea.
A las 21.30, Boca Juniors se enfrentaba con River Plate, en un torneo cuya fascinación no se desgasta a pesar de haberse dirimido ya cien veces exactas a partir de 1931, o sea en la época que los tecnócratas definen como "dentro del profesionalismo". Pero no importa: poco después de las 18, ya están las dos tribunas, semi llenas, enfrentadas. Del lado de Aristóbulo del Valle, los hinchas de Boca; del lado de Brandsen, los de River. Agresividad de las consignas que sin embargo, como en un juego de precisas reglas caballerescas, no se superponen: cada bando espera a que el adversario termine la suya antes de entonar la propia.
Mientras la calle Iberlucea registra un desfile entrecruzado de grupos que corren, sin mucha lógica, de un lado para otro, en las tribunas se entonan los cánticos guerreros: desde Brandsen, la popular de River ataca: "Vamos, vamos River / vamos a ganar / que este año no paramos / hasta ser campeón mundial...". Silencio embarazoso del lado de Aristóbulo del Valle. El triunfalismo de River desarma a la hinchada boquense. Después de un silencio que parece extenderse durante siglos, los muchachos de Aristóbulo del Valle contestan con la Marcha Peronista y luego, ya recuperado el fervor, con el grito ritmado de Ar-gen-ti-na... Ar-gen-ti-na... La consternación de los hinchas de River es palpable: de repente, la tácita acusación de extranjerizantes contenida en ese grito crea, en la cancha, una vaga sensación de malestar.
Y entretanto, por Iberlucea, el Cuerpo de Policía Montada hace galopar los caballos por la cuadra. Los pingos cabriolean sobre la acera, los vecinos de la cuadra se meten en sus casas, las muchachas fingen unos exagerados chillidos de terror. "¡Ay, qué brutos...!", se queja una, hasta que en la casa de al lado, en Iberlucea 864, justo frente a la cancha, una mujer joven, de anteojos, arriesga una definición inesperada:
"Vamos, vamos, River, vamos a ganar...", corea, junto con los muchachos de la tribuna de Brandsen, mientras su madre, su padre y sus hermanitos la paran, pretenden hacerla callar, le dicen: "Porota, estás loca... Metete adentro de la casa...", y la arrastran desde el portal hacia un patio interno, explicando:
"No sabemos qué le pasó... Siempre creímos que era de Boca... Como vivimos enfrente... Y justo hoy se sale con esto...". Los vecinos menean la cabeza, compadecen a la madre y al padre, no entienden nada de esa brusca rebelión contra el medio condicionante por parte de una reprimida hincha de River que tiene la desgracia de vivir a veinte metros de la Bombonera.
Y luego, ya pasadas las 20, las calles del centro se vacían, Lavalle parece un emporio la cual, una o dos veces por año, los mercachifles le están fallando.
Todos los cines han desalojado las pizarras de sus boleterías, reemplazando las localidades numeradas por el cartel de continuado. Sólo El pibe Cabeza, de Torre Nilsson, en su día de estreno, mantiene la pizarra tradicional: "Hoy el cine no es negocio", sostiene uno de los boleteros del cine Trocadero. "Entre los sesenta y cinco mil que están en la cancha y los tres millones que lo van a ver por televisión, lo mismo podríamos no hacer la función..."
La presidente de la Nación, se sabe, solicitó personalmente que ese partido fuera televisado: más tarde, después del segundo gol de River, la hinchada de River -los muchachos de la calle Brandsen- contestaba con un estribillo la temprana acusación de gorilismo que los boquenses les habían enrostrado. Cantaron, ante el silencio hostil del sector de Aristóbulo del Valle: "Ya lo ve, ya lo ve / la Boca está bailando a pedido de Isabel...".
A las 21, la población de Buenos Aires estaba en sus casas: los diales de los aparatos se clavaban en canal 7; por centésima vez, "dentro del profesionalismo". Boca Juniors se enfrentaba con River Plate. Sólo el teatro Maipo, en la calle Esmeralda, no mermó sensiblemente su caudal de concurrentes. En la boletería, un caballero que copiaba su imagen de viejo verde de la que creó Enrique Serrano, sostenía: "Sí, ya sé que hay partido... Pero, ¿qué le voy a hacer...? Entre las gambas de Perfumo y las de Violeta Montenegro, ¡me quedo con las de Violeta...!".
(La Opinión, 18 de abril de 1975)