sábado, 17 de abril de 2010

Ir de putas




Por Juan Carlos Volnovich

Los clientes de la prostitución*

Los clientes, esos seres anónimos, comunes, invisibles. Si algo tienen en común los varones homo o heterosexuales que consumen prostitución es justamente eso: son invisibles. Casi todos los trabajos de divulgación o académicos que se encargan del tema coinciden en ocultar y silenciar el lugar de los clientes. Casi todas las investigaciones acerca de la prostitución eluden detenerse en aquellos que la consumen. Son escritos que, al tiempo que conducen hacia la digna intención de estudiar el fenómeno y denunciarlo, protegen con un manto de inocencia a los usuarios. Así, casi siempre hablar de prostitución es hablar de las prostitutas (putas, gays, taxi boys, travestis), de los rufianes y de los burdeles, de las mafias y de los proxenetas, pero no de los clientes. La prostitución ocupa mucho lugar en los medios de comunicación de masas, en trabajos sociológicos y es un dolor de cabeza para los organismos internacionales que tienen que elegir entre aceptarla como un trabajo legal o condenarla, pero de los clientes, nada se dice. Nada se sabe.

Silvia Chejter en el “Informe Nacional de UNICEF sobre la explotación sexual de niñas, niños y adolescentes en la República Argentina” (Septiembre 1999) refiere que de un total de trescientas noticias periodísticas sobre este tema sólo dos aludían a los clientes y en esas dos, aparecían apenas tangencialmente.

El cliente, el más guardado y protegido, el más invisibilzado de esta historia, es el protagonista principal y el mayor prostituyente. La explotación de mujeres, de niños y niñas se hace solo posible gracias al cliente aunque su participación en este asunto aparezca como secundaria, como secuela de un flagelo, como subproducto de una oferta.

Los trabajos que se dedican al tema los ignoran y a los clientes mismos les cuesta aceptar su condición. Representarse como tales. No se reconocen así.

El cliente es un tipo como cualquier otro: abogado, policía, arquitecto, psicoanalista, gente de trabajo, políticos y desocupados. Señores de cuatro por cuatro y muchachos de bicicleta. Son púberes de más de trece años, adolescentes, jóvenes, viejos y ancianos. Casados y solteros. Son diputados y electricistas; rabinos, curas y sindicalistas. Son capacitados y discapacitados. Son tipos sanos y enfermos. Una señora que conozco, la mamá de un varón con síndrome de Down, contrató a una prostituta para que, una vez por semana, visite a su hijo y, de paso, formó una asociación con otras madres de mogólicos que comparten la misma prostituta.

En definitiva, todo varón homo o heterosexual es un potencial cliente una vez que ha dejado de ser niño. Así, no sería demasiado exagerado afirmar que la sola condición de varón ya nos instala dentro de una población con grandes posibilidades de convertirnos en consumidores.

*Del libro Ir de Putas, Editorial Topía.

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